Colombia se une a la ola de la ultraderecha

Abelardo de la Espriella, un abogado de extrema derecha vinculado a grupos paramilitares, ganó las elecciones presidenciales con un margen históricamente ajustado, un resultado que amenaza con repetir los errores del pasado.
Un hombre agita una bandera colombiana en una manifestación a favor de Abelardo de la Espriella el 20 de junio de 2026 (Jorge Valencia)

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El 21 de junio, los colombianos eligieron al candidato de extrema derecha Abelardo de la Espriella en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. La elección estuvo sumamente disputada, y el senador de izquierda Iván Cepeda quedó a un punto porcentual de diferencia en el recuento preliminar. Aunque el recuento oficial redujo la brecha entre ambos candidatos, no alteró el resultado.

La segunda vuelta, en la que más de 25 millones de personas votaron, tuvo la mayor participación en la historia de Colombia. Sin embargo, los resultados revelan un país profundamente dividido. De la Espriella ganó por un estrecho margen de aproximadamente 250.000 votos. Según los resultados oficiales, De la Espriella obtuvo 12,9 millones de votos, mientras que Cepeda recibió 12,7, lo que la convierte en la victoria presidencial más ajustada en Colombia.

Cepeda tuvo más fuerza en regiones que siguen sufriendo el impacto de la violencia. Ganó en los departamentos del Pacífico —Valle del Cauca, Cauca, Nariño y Chocó— y quedó bien posicionado a lo largo de la costa del Caribe y en el sur de Colombia. Por su parte, De la Espriella dominó el centro del país y bastiones históricamente conservadores como Antioquia. También le restó votos a la izquierda en las principales ciudades y en la costa Caribe, donde Cepeda perdió el 2,6 por ciento del apoyo que Gustavo Petro había recibido en 2022.

Ante un resultado tan cerrado, queda claro que De la Espriella tendrá dificultades para ejecutar su plan de gobierno. Aunque el domingo por la noche, mientras se dirigía a sus seguidores, pareció moderar su retórica, su trayectoria, su programa político y sus declaraciones de campaña apuntan al regreso de un clima político más conflictivo que pondrá a prueba las instituciones democráticas de Colombia. Al mismo tiempo, la izquierda logró una votación histórica y ahora enfrenta el reto de formar una oposición unificada frente al próximo gobierno.

La extrema derecha y la sombra del “narcoterrorismo”

Abelardo de la Espriella, un abogado y empresario de 47 años que recibió el respaldo de Donald Trump tras la primera vuelta electoral, supone el regreso a un gobierno conservador tras el mandato de Petro, el primer presidente de izquierda del país. Se suma a otros líderes de extrema derecha de la región, tras haber copiado el modelo de campaña de Nayib Bukele, de El Salvador, y de Javier Milei, de Argentina. Su elección también se suma a la creciente lista de triunfos electorales de candidatos de derecha contra los partidos en el poder en toda América Latina, entre los que se encuentran José Antonio Kast en Chile, Rodrigo Paz en Bolivia y Nasry Asfura en Honduras.

Con la victoria de De la Espriella, Colombia parece dispuesta a sumarse a la corriente de “mano dura” de países como El Salvador y Ecuador, señalados por violaciones de derechos humanos.

De la Espriella adoptó rápidamente la narrativa del “narcoterrorismo”, promovida por la administración de Trump, como uno de los pilares centrales de su campaña. Afirmó que ordenaría a las Fuerzas Armadas dar “de baja todo avión cargado de droga que salga de Colombia” y “hundir todas las lanchas que salgan por el Caribe, por el Pacífico y por el Golfo de Urabá”. Sus declaraciones son una clara referencia a la estrategia estadounidense de bombardear presuntas lanchas cargadas de droga en el Caribe y el Pacífico, que han dejado más de 200 muertos, sin frenar el flujo de drogas. Su disposición a colaborar con la administración de Trump también incluye sumarse al “Escudo de las Américas”, lo que marca un fuerte contraste con su predecesor, Petro, cuyo enfoque en materia de seguridad y lucha contra el narcotráfico generó frecuentes enfrentamientos con Trump.

Con la victoria de De la Espriella, Colombia parece dispuesta a sumarse a la corriente de “mano dura” de países como El Salvador y Ecuador, señalados por violaciones de derechos humanos. Si bien estas medidas —que incluyen construir más cárceles y un mayor control de las Fuerzas Armadas sobre los asuntos de seguridad interna— pueden generar beneficios políticos a corto plazo, no abordan las condiciones estructurales detrás de la violencia y las economías criminales.

Sale la paz, entra la militarización

Las duras políticas de seguridad de De la Espriella se basan en una larga tradición conservadora de tácticas contrainsurgentes, respaldadas por Estados Unidos, para derrotar a los grupos guerrilleros y revertir elementos clave del Acuerdo de Paz de 2016 con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), el grupo insurgente más grande del país. Sus propuestas se basan en la instrumentalización de la lucha contra el crimen organizado para subordinar los temas sociales y económicos a la “seguridad nacional”

Si bien la plataforma de campaña de De la Espriella no mencionó explícitamente el Acuerdo de Paz de 2016, atacó con frecuencia al tribunal de justicia transicional, la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP). También cuestionó la reforma agraria promovida por el gobierno de Petro, pero basada en el acuerdo, que busca redistribuir y restituir tierras a las comunidades campesinas afectadas por el despojo y el desplazamiento durante el conflicto armado.

También es probable que De la Espriella suspenda las negociaciones de paz con los grupos armados. Los diálogos eran un pilar fundamental de la estrategia de “Paz Total” de Petro, pero su gobierno no logró avances significativos, y la falta de coordinación entre sus políticas de paz y seguridad es, en parte, la causa de la escalada actual de la violencia contra la población civil.

Es probable que el enfoque militarizado de De la Espriella en materia de seguridad —que refleja las políticas del expresidente Álvaro Uribe— eche más leña al fuego.

Es probable que el enfoque militarizado de De la Espriella en materia de seguridad —que refleja las políticas del expresidente Álvaro Uribe— eche más leña al fuego. Los temores de una vuelta a la militarización están relacionados con el papel central que las Fuerzas Armadas —muchas veces en alianza con grupos paramilitares— tuvieron en algunas de las peores violaciones de derechos humanos del conflicto armado colombiano. Las organizaciones paramilitares fueron responsables de la mayoría de las masacres y muertes de civiles durante los momentos más intensos del conflicto. Los vínculos de De la Espriella con estos grupos —fue abogado defensor de varios líderes paramilitares— han exacerbado el temor a que este tipo de masacres y el despojo de tierras asociado a ellas vuelvan a ocurrir.

Además, el presidente electo se enfrentará a una situación de seguridad muy distinta a la que encontró Uribe a principios de la década de los 2000. En lugar de un conflicto dominado por los carteles, los paramilitares y grandes grupos guerrilleros, el panorama actual se caracteriza por la fragmentación de los grupos armados y criminales que compiten por el control territorial. Estos actores buscan establecer una gobernanza local mediante la imposición de normas y controles sociales sobre las comunidades, mientras que las economías criminales, como el narcotráfico y la minería ilegal, se han vuelto más complejas y descentralizadas. Sumado a la amenaza constante de una intervención estadounidense, el momento actual es considerablemente diferente de la anterior “guerra contra las drogas” de Colombia.

Aun así, De la Espriella ha defendido el regreso a estrategias ya conocidas. Ha propuesto un “Plan Colombia 2.0”, una nueva versión de la multimillonaria iniciativa de seguridad entre Estados Unidos y Colombia de principios de la década de los 2000, que dio lugar a graves violaciones de los derechos humanos perpetradas por las Fuerzas Armadas y que, en últimas, no logró reducir el narcotráfico ni la violencia de forma singificativa.

Una derrota agridulce

A pesar de perder las elecciones presidenciales, los movimientos de izquierda de Colombia lograron su mayor votación en la historia. En 2022, Petro ganó las elecciones presidenciales con 11,2 millones de votos. Esta vez, Cepeda obtuvo 12,7 millones —más de un millón por encima del total de Petro y el mejor resultado de un candidato progresista en Colombia.

En su discurso ante la multitud reunida en Bogotá el domingo por la noche, Cepeda aseguró a sus votantes que había motivos para tener esperanza. “Somos una fuerza decisiva, y quienes piensan que pueden ignorarnos están equivocados”, dijo, pidiendo calma mientras se daban a conocer los resultados oficiales.

Si bien el Pacto Histórico y otros partidos de izquierda están bien posicionados en el Congreso para oponerse a algunas de las reformas más radicales del gobierno de De la Espriella, tendrán que enfrentarse a la probable alianza de los partidos políticos que respaldaron su campaña. Aun así, De la Espriella podría optar por socavar los poderes del Congreso si no logra reunir suficiente apoyo. Hay motivos para creer que podría emular las estrategias autoritarias de otras figuras populistas de extrema derecha en la región. En una entrevista con el medio colombiano El Tiempo, afirmó tener al menos 90 decretos listos para firmar una vez que llegue a la Casa de Nariño —una estrategia utilizada por Trump para evitar tener que pasar por el Congreso y sacar adelante su agenda—, lo que, según expertos, podría generar tensiones con las ramas legislativa y judicial.

En todo caso, el resultado demuestra que la visión de la sociedad de la izquierda colombiana está lejos de ser una posición minoritaria.

Analistas han destacado varios factores que contribuyeron a la derrota de la izquierda, entre ellos una campaña marcada por la falta de dinamismo, el papel de Petro en generar rechazo entre los votantes de centro y, en general, la incapacidad para reconocer la amenaza que representaba De la Espriella antes de la primera vuelta.

Aun así, Cepeda quedó a unos 300.000 votos de la presidencia, desafiando una tendencia regional en la que varios proyectos políticos de izquierda —incluidos los de Bolivia, Honduras y Chile— fueron sucedidos por victorias conservadoras contundentes. En todo caso, el resultado demuestra que la visión de la sociedad de la izquierda colombiana está lejos de ser una posición minoritaria. Su reto durante los próximos cuatro años será transformar los avances del gobierno saliente en una oposición coherente y eficaz.


Lara Loaiza Arias es una periodista colombiana y editora en NACLA. Ha escrito sobre el crimen, el conflicto y la violencia en América Latina y el Caribe, y actualmente es estudiante de maestría en Estudios Latinoamericanos y del Caribe y Periodismo en la Universidad de Nueva York (NYU).

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