
Casi dos décadas de un ciclo de gobierno orientado a los publos indígenas y políticas anti-neoliberales ha llegado a su fin en Bolivia. El gobierno del Movimiento al Socialismo (MAS), que se inició a principios de la década de 2000 con grandes esperanzas y optimismo, está llegando a su fin con decepción y caos económico.
En un giro tan drástico como la aplastante victoria del MAS en 2005, tres candidatos presidenciales de derecha —desde el centro-derecha hasta la extrema derecha— obtuvieron un 77 por ciento de los votos en las elecciones nacionales del 18 de agosto. Lejos de obtener la mayoría en el Congreso y el Senado, como había hecho desde 2006, el MAS perdió todos sus escaños en la legislatura, excepto uno.
Rodrigo Paz Pereira, del Partido Demócrata Cristiano, junto con su candidato popular a la vicepresidencia, Edman Lara, desafiaron las encuestas de opinión y sorprendieron a los observadores al situarse en cabeza. Pasarán a la segunda vuelta contra el candidato de extrema derecha Jorge “Tuto” Quiroga el 19 de octubre.
Aunque Paz se presentó como un outsider populista que promueve el “capitalismo para todos”, no es precisamente nuevo al escenario político. Es senador en ejercicio por el departamento de Tarija e hijo de Jaime Paz Zamora, el presidente neoliberal de Bolivia de 1989 a 1993, muy vinculado a la élite gobernante tradicional del país. Sin embargo, fue su compañero de fórmula, Edman Lara, quien impulsó a Paz al primer lugar. Lara, de 39 años, es un ex policía de la zona rural de Cochabamba cuyas denuncias sobre la corrupción policial le han ganado un gran número de seguidores entusiastas en TikTok, la plataforma de redes sociales más popular de Bolivia.
El desencanto con el MAS era palpable tras la votación, cuando cientos de personas se reunieron en las calles de La Paz para celebrar el inesperado éxito de Paz y Lara. Zuleyka Pinto, una química farmacéutica de El Alto que había tocado puertas durante meses para promover su campaña, consideraba que su candidatura representaba algo nuevo. “El MAS nunca más”, cantaba la multitud que la rodeaba la noche de las elecciones.
“El MAS ya no le garantizaba en absoluto la posibilidad de sobrevivir”, afirma el analista político José de la Fuente, ex empleado del gobierno departamental de Cochabamba, controlado por el MAS. Entonces la gente fue por otro lado, dice de la Fuente. Los votantes indígenas y campesinos “por la derecha neoliberal no van a votar nunca, entonces han escogido una salida intermedia”.
Crisis políticas y financieras desatadas
Otros votantes atendieron al llamado del expresidente Evo Morales —impedido de presentarse de nuevo por los límites de mandato— para que invalidaran sus votos. Aproximadamente el 19 por ciento de las papeletas fueron marcadas como nulas, casi seis veces por encima del promedio. Sin embargo, no todos estos votos pueden interpretarse como un apoyo a Morales; en Bolivia, el voto es obligatorio para los menores de 70 años, y las papeletas nulas y en blanco se han utilizado durante mucho tiempo como forma de resistencia contra la política tradicional de los partidos. Aun así, con un número de votos nulos ligeramente superior al del perenne candidato conservador Samuel Doria Medina, Morales declaró triunfalmente su victoria y afirmó en la emisora de radio de los cultivadores de coca: “Si sumamos ausentismo, blanco y nulo estamos primeros”.
La maniobra de Morales eliminó cualquier posibilidad para Andrónico Rodríguez, presidente del Senado del MAS, de 36 años, que se presentó como candidato independiente de izquierda.
La maniobra de Morales eliminó cualquier posibilidad para Andrónico Rodríguez, presidente del Senado del MAS, de 36 años, que se presentó como candidato independiente de izquierda. Rodríguez, una vez considerado el heredero político de Morales, solo obtuvo el 8,4 por ciento de los votos. Había sido durante meses la esperanza de la izquierda boliviana, pero la feroz antipatía de Morales hacia él, su aparente indecisión en las apariciones públicas y una impopular elección para la vicepresidencia se combinaron para hundir su campaña.
Ante la decisión del presidente Luis Arce de no presentarse a la reelección debido a sus bajos índices de popularidad, el exministro del Interior Eduardo del Castillo se presentó como candidato del MAS. Como reflejo de la impopularidad de Arce y Rodríguez, apenas logró obtener el 3,16 por ciento de los votos, superando por poco el umbral del 3 por ciento necesario para mantener la legalidad del partido.
Esta fractura de la izquierda se hizo eco de las luchas internas que han plagado al partido desde 2020, cuando Arce, ministro de finanzas bajo Morales durante mucho tiempo, obtuvo una victoria rotunda con el 55 por ciento de los votos, un año después de que Morales fuera derrocado en un golpe de Estado tras su intento inconstitucional de presentarse a un cuarto mandato. Morales siempre consideró a Arce como un marcador de posición, creyendo que podría volver a presentarse en 2025, y pronto entró en conflicto con Arce y su vicepresidente, David Choquehuanca, cuando estos afirmaron su independencia.
Ahora, enfrentando a cargos por abuso sexual de menores, Morales ha tratado de destruir a todos sus rivales de izquierda, incluidos sus antiguos ministros y aliados de los movimientos sociales. Morales incluso se volvió contra su aliado más cercano: en 2023, cuando el ex vicepresidente Álvaro García Linera propuso mediar en el conflicto de liderazgo del MAS, Morales lo llamó “un enemigo más”.
“Podría apoyar al partido siempre y cuando fuese otra persona”, dice Óscar Paco, un ex partidario de Morales que esta vez anuló su voto, poco convencido por los candidatos. “Él ya tuvo su momento, su ciclo, entonces debería llegar a gente joven”.

Más allá de la división del MAS, la desilusión se debió en gran medida a la economía tambaleante de Bolivia. Después de 2013, la caída de los precios mundiales de las materias primas y la disminución de las reservas de gas natural erosionaron los ingresos del Estado. La carga de los costosos subsidios a los combustibles —que el gobierno del MAS no logró frenar en 2010 tras un levantamiento popular por las propuestas de aumento de precios que afectaban más a los pobres— ha agravado la tensión. Mientras tanto, la moneda vinculada al dólar se ha debilitado de forma constante, y el tipo de cambio en el mercado negro es ahora aproximadamente el doble del oficial.
Mientras la gente luchaba por llevar pan a la mesa —y con el tamaño del pan reduciéndose a medida que subían los precios—, los recuerdos de los logros sociales de la era del MAS se desvanecían.
La caída del MAS
Durante más de dos décadas en el poder, el partido MAS, surgido de los poderosos movimientos sociales de Bolivia, logró avances asombrosos para la población pobre, especialmente en sus primeros años. Bajo el mandato de Morales, el primer presidente indígena del país, la pobreza se redujo a la mitad, se renegociaron con valentía los contratos de gas natural con las poderosas multinacionales y se amplió drásticamente la infraestructura rural. Apenas había un pueblo o barrio de bajos ingresos que no contara con una nueva escuela, carretera o clínica de salud. Estos avances le valieron al MAS una popularidad sin precedentes y le permitieron mantener su dominio electoral durante 14 años.
Pero una constante concentración de poder en torno a Morales debilitó los movimientos de base del país. Los líderes de los movimientos sociales fueron absorbidos por el gobierno, cuya lealtad se garantizó mediante beneficios como sedes sindicales financiadas por el Estado, mientras que las voces críticas de los movimientos sociales quedaron marginadas. “El MAS se distanció de las organizaciones, del pueblo”, explica el analista de la Fuente. “Perdió el programa y solo se dedicó a la reelección”.
Durante más de dos décadas en el poder, el partido MAS, surgido de los poderosos movimientos sociales de Bolivia, logró avances asombrosos para la población pobre, especialmente en sus primeros años.
Los éxitos del MAS no fueron solo materiales. Para muchos bolivianos, la transformación más profunda fue el declive del racismo cotidiano. Durante las protestas de 2019 en defensa de Morales, un estribillo común que se escuchaba en las calles era “no queremos volver al racismo del pasado”, como dijo entre lágrimas un vendedor ambulante en una manifestación en La Paz.
Si bien las inversiones del gobierno resultaron exitosas para estimular la economía y elevar alrededor del 10 por ciento de la población a la clase media, se basaron en la extracción de los abundantes recursos naturales del país, el mismo modelo vigente desde la invasión española hace más de 500 años. Los ciclos de auge y caída que han azotado a Bolivia desde entonces pusieron de rodillas al experimento de izquierda también. Cuando los precios de las materias primas se desplomaron después de 2013, las reservas cuidadosamente acumuladas por el gobierno, entre las más altas de América Latina, se agotaron al mantener el gasto para reforzar el apoyo político.
Los patrones profundamente arraigados de dependencia extractivista de Bolivia nunca se vieron alterados. Mas bien, los avances tecnológicos y la creciente demanda de recursos naturales por parte de China aceleraron la explotación, dejando a su paso una devastación ecológica. En 2024, Bolivia ocupaba el segundo lugar, solo por detrás de Brasil —un país ocho veces mayor que ella— en pérdida de bosque tropical primario, en gran parte debido a la expansión de la soya y la ganadería en las tierras bajas orientales.
Los escándalos de corrupción han erosionado aún más la confianza en la gobernanza del MAS. En un caso se desviaron millones de dólares destinados a proyectos de desarrollo indígena; otros han mancillado directamente la administración de Arce. “El Arce, pues, tanta corrupción igual él ha hecho”, afirma Máxima Laura, vendedora ambulante vestida con el traje tradicional aymara y antigua votante del MAS. “Sus hijos se han enriquecido”, añade. Aunque Laura votó por Paz y Lara, se muestra escéptica ante sus promesas. “Ya no creo en los políticos, hablan un rato una cosa, pero al llegar al momento ya cambian”.
¿Qué sigue para la izquierda boliviana?
El auge de Paz y Lara, y la influencia perdurable de Morales, dejan a la izquierda boliviana con pocos caminos inmediatos hacia adelante. Dado que la mayoría de los partidos políticos en Bolivia giran en torno a líderes individuales, el fracaso del MAS en renovar su liderazgo no augura nada bueno para su futuro.
El estilo de gobierno verticalista de Morales sigue marcando la cultura política en todos los niveles más allá del local. Los sindicatos indígenas y de la clase trabajadora de Bolivia han dependido durante mucho tiempo de líderes masculinos carismáticos, estructuras corporativistas y estrechos vínculos entre los líderes y las bases. Como presidente, Morales era famoso por llegar en helicóptero a comunidades rurales casi a diario, inaugurando proyectos públicos y cultivando la lealtad.

Pero el terreno generacional ha cambiado. La mayoría de los jóvenes bolivianos, criados en la relativa seguridad de la clase media gracias a los logros del MAS, nunca han experimentado la pobreza ni las dificultades que marcaron la vida de sus padres. Una consecuencia del neoliberalismo es que, para muchos jóvenes de hoy en día, el bienestar individual es más importante que el colectivo.
Según Iveth Saravia, coordinadora de una fundación infantil en El Alto, “muchos jóvenes hablaban de recambios, hablaban de gente nueva, y para ellos la gente nueva era el Tuto”. Le parece irónico que “Tuto” Quiroga, que fue vicepresidente bajo el mandato del antiguo dictador Hugo Banzer y presidente durante un breve periodo hace más de dos décadas, sea ahora acogido como un nuevo líder. “Nos ha llamado la atención tanto como la memoria histórica se ha perdido”, observa.
Este cambio también influyó en la forma en que se recibió la retórica de Morales. Sus grandes narrativas de lucha anti-imperialista sonaban cada vez más huecas para los bolivianos más jóvenes, cuyas prioridades se centran en preocupaciones más inmediatas y cotidianas. El discurso del MAS llegó a tener “una sobrecarga ideológica”, señala de la Fuente. Para él, el futuro de la izquierda boliviana está fuera del MAS: “Tiene que aparecer otra izquierda, una izquierda más formada, más inteligente”. Eso incluye abordar más seriamente las cuestiones medioambientales, una causa que la derecha ha sabido aprovechar hábilmente, ya que el MAS, como todos los gobiernos anteriores, ha dado prioridad al desarrollo económico por encima de la sostenibilidad.
Esta es la gran adivinanza de Bolivia: cómo mejorar el nivel de vida mediante industrias de valor añadido, en lugar de perpetuar los patrones históricos de extracción de recursos. En muchos sentidos, es el eterno dilema del Sur Global.
Antes de llegar formalmente al poder, el resurgimiento de la derecha ya se está concretando a través de sentencias judiciales que favorecen a figuras clave del golpe de 2019 y las masacres posteriores. En respuesta a una inusual orden de la Corte Suprema, un juez anuló los cargos contra la expresidenta interina Jeanine Áñez por su papel en las masacres de Sacaba y Senkata, y devolvió el caso al Congreso para su aprobación antes de que llegara a la Corte Suprema.
Mientras tanto, otro juez ordenó que el exgobernador de Santa Cruz, Fernando Camacho, fuera trasladado a arresto domiciliario y que Marco Antonio Pumari, otra figura central del golpe, fuera liberado de la prisión preventiva. “Estas decisiones judiciales politizadas inevitablemente allanarán el camino para más violencia política, como las masacres que Áñez supervisó”, afirma Thomas Becker, abogado de derechos humanos que trabaja con las familias de las víctimas de las masacres de 2019.
Sin embargo, en medio de la crisis, destaca un logro. En el año del bicentenario de la independencia de Bolivia de España, el único ganador aparente en las recientes elecciones es la propia democracia electoral, lo que no es poca cosa en una nación que ha sufrido más golpes de Estado que casi cualquier otra. En esta ocasión, Arce parece comprometido con una transición democrática, incluso a costa de desmantelar su propio partido y el legado del autodenominado “gobierno de movimientos sociales”.
Pero esto es Bolivia: un país en el que los movimientos sociales han surgido repetidamente, contra los poderes coloniales, las dictaduras militares y los gobiernos neoliberales por igual, para exigir una sociedad más equitativa e inclusiva. Puede que lleve tiempo, pero no hay duda de que volverán a levantarse.
Linda Farthing es periodista y académica independiente, coautora de cuatro libros sobre Bolivia. Ha escrito extensamente sobre América Latina, entre otros medios, para The Guardian, The Nation, Al Jazeera y Ms. Magazine.
Benjamin Swift es periodista radicado en La Paz, Bolivia. Sus artículos se centran en el cambio climático, el medio ambiente y temas LGBTQIA+. Para más información, visite www.bswiftcreative.com.
