El beso de Barbarella y el inicio de la revolución sexual en Bolivia

Cincuenta años después de que una bailarina travesti se atrevió a besar a un dictador, ¿dónde está el movimiento TLGB boliviano ahora?

Barbarella baila en una celebración folclórica rural en 1977. (ARCHIVO Q'IWA COMUNIDAD DIVERSIDAD, BOLIVIA)


Este artículo fue publicado en inglés en la edición de primavera de 2025 de nuestra revista trimestal NACLA Report.


En una noche de invierno de 1974, en La Paz, Bolivia, el dictador militar Hugo Banzer Suárez observaba la entrada del Gran Poder desde las gradas. El festival comenzaba de forma estridente, con grupos de danza y bandas de música ataviados con adornos elaborados que se abrían paso por las estrechas calles de la ciudad andina rodeada de picos nevados. El Gran Poder reúne a docenas de grupos de danza folclórica de todo el país y muestra la rica diversidad cultural y étnica de Bolivia. “Es poderosa” bailar en el festival, cuenta Andrés Mallo, un activista cuir que ha bailado muchas veces en el Gran Poder. “No hay ni un minuto que la gente deje de verte”, dice Mallo, y “estoy con mucha adrenalina”.

Lo que ocurrió a continuación ese año se convirtió rápidamente en un episodio definitorio de la historia del movimiento TLGB boliviano.

Mientras Banzer observaba los festejos flanqueado por funcionarios del gobierno, pasó un grupo de bailarines de China Morena con sus faldas, botas hasta los muslos de colores chillones y sombreros bombín típicos de las mujeres aymaras de La Paz. De repente, una de las bailarinas travesti, Pedro Alaiza, cuyo nombre de drag era Barbarella, ofreció su mano al dictador. En un gesto que conmocionó a la nación, Barbarella besó a Banzer en la mejilla.

“En ese momento ella, con 1,87m con tacones, alta, enorme, así linda”, Barbarella dirigió “toda [su] furia… contra este enano” que medía casi medio metro menos que ella, dice David Aruquipa Pérez, investigador y activista que baila drag en festivales folclóricos bolivianos con Mallo como parte de la Familia Galán, una conocida familia travesti de La Paz. Banzer había llegado al poder mediante un sangriento golpe de estado derechista en 1971 y era conocido por torturar y hacer desaparecer a disidentes y líderes sindicales con el apoyo del gobierno de Estados Unidos.

Las consecuencias del beso fueron casi inmediatas. Al principio, el dictador no se dio cuenta de que Barbarella era una marica. “El presidente había pensado que era mujer [no travesti], y los que le han llamado la atención eran sus escoltas”, cuenta Rommy Astro, que conocía a Barbarella y bailaba con ella en aquella época. Astro compartió sus recuerdos del suceso en la recopilación de historia oral de Aruquipa La China Morena: Memoria Histórica Travesti. Cuando Banzer se enteró de que Barbarella era travesti, “sus guardias, seguridad, y todo aquello se empiezan a reír del general”, Aruquipa cuenta. “El general así no sabía qué hacer porque su hombría estaba expuesta, estaba dañada”.

El acontecimiento marcó un momento decisivo para el activismo de maricas, travestis, y gente trans en el largo marca de la historia del movimiento TLGB en Bolivia. Como Aruquipa relató a la BBC en una entrevista en 2023, el beso de Barbarella marcó “el principio de la revolución sexual en Bolivia”. La controversia y la reacción suscitadas por el beso de una marica a un dictador fueron especialmente icónicas si se tiene en cuenta que, pocos días después del histórico beso de Barbarella, el gobierno de Banzer también se vio sacudido por un intento de golpe de estado. Aunque fracasó, algunos dicen que el beso subversivo marcó el inicio del fin del gobierno militar de Banzer y puso de relieve el papel de las travestis en el movimiento general de resistencia del país.

El presidente Banzer (aplaudiendo) observa las fiestas del Gran Poder el 8 de junio de 1974, día en que Barbarella lo besó. (ARCHIVO Q'IWA COMUNIDAD DIVERSIDAD, BOLIVIA)

Centrar la “T” en TLGB

Además de sufrir discriminación social en muchos espacios, las maricas de aquella época sufrían un acoso policial y una discriminación legal constante. Barbarella, como muchas de su comunidad, “todo el tiempo tenía que ir a negociar con la policía, con el poder estatal, para recuperar la libertad a sus amigas”, dice Aruquipa. Fue en este contexto de persecución machista en el que vio una oportunidad para emascular al dictador -la máxima expresión del poder patriarcal- en el escenario nacional. “Ha sido un beso altamente político y hasta pensado de decir ‘ahora me las vas a pagar’”, explica Aruquipa. “Es debilitarte frente a tu entorno masculino con un beso maricón”, observa sobre el icónico acto de de Barbarella de valentía y furia. “Te debilito, te hago débil, te hago más pequeño de lo que eres”.

Aruquipa sostiene que las consecuencias del beso de Barbarella “triplica el odio hacia las travestis” en la sociedad boliviana. Después del suceso, Banzer vio a las maricas como “una amenaza” y sintió que “tenía que sacarles como sea”, señala Aruquipa. Como él y sus coautores describen en su libro Memorias Colectivas: Miradas a la Historia del Movimiento TLGB de Bolivia, se prohibió el travestismo en danzas folclóricas en La Paz y otras ciudades importantes, y el gobierno incrementó el acoso policial en los bares frecuentados por maricas. Las travestis de La Paz y otras ciudades “no podían travestirse porque les metían en las celdas”, dice Aruquipa, donde las autoridades “les cortaban el cabello” y las sometían a “humillaciones extremas”.

En respuesta al aumento de la persecución en las zonas urbanas, muchos bailarines marica, travesti y trans folclóricos empezaron a participar en festivales rurales fuera del alcance del control estatal, donde podían bailar abiertamente. Algunos observadores afirmaron que el beso de Barbarella al dictador era khencherío, palabra aymara y quechua utilizada en Bolivia para señalar un mal presagio o mala suerte. Otros, en cambio, veían en las maricas y travestis un “pararrayos” con el poder de alejar la mala suerte en lugar de atraerla. Como testimonio de esto último, Aruquipa cuenta que, cuando bailaba en festivales, las mujeres a veces le pedían a él y a otros bailarines travestis que sostuvieran a sus bebés, con la esperanza de que los libraran de la energía negativa.

Después del beso, las bailarinas travesti y marica seguían bailando en los festivales urbanos, aunque de forma más discreta. Con las mujeres cisgénero bailando mayoritariamente en su lugar en la China Morena y otros bailes tradicionales, algunas de las “maricas más femeninas” empezaron a bailar en su medio, rodeadas de mujeres. “Esa era su resistencia”, explica Aruquipa. “La policía al final no sabía ‘¿son o no son?, ¿son o no son?,’ mientras ya había[n] pasado”.

David Aruquipa, cuyo nombre drag es Danna Galán, se prepara para bailar la Kullawada durante las celebraciones del Carnaval en Oruro, Bolivia en 2023. (CORTESÍA DE DAVID ARUQUIPA)

El impacto del beso de Barbarella sigue teniendo fuerza para las comunidades trans y marica de Bolivia en la actualidad, como demuestra el lenguaje de los movimientos sociales. En reconocimiento del papel crucial de las personas trans y travestis en la lucha por los derechos de la gente de disidencia sexual y de género en Bolivia, activistas modificaron el acrónimo utilizado en otros países, poniendo primero la “T” en TLGB. “Decir, ‘oye, lo trans ha estado siempre vulnerado y siempre atrás,’” cuenta Mallo, que fundó un festival cultural queer en La Paz. “¿Por qué no la ponemos delante?”.

En 2010, décadas después del icónico beso de Barbarella, la activista trans Maya Alejandra Vásquez Vargas hizo precisamente eso al organizar y encabezar el primer desfile anual del orgullo TLGB en la ciudad andina de Potosí.

Trayendo orgullo a Potosí

Vásquez nació en Potosí, capital de la histórica región minera de Bolivia, situada a 4.090 metros de altura. Conocida por haber financiado en solitario el imperio español durante la época colonial gracias a sus reservas de plata, la ciudad es predominantemente indígena y tiene una rica historia de activismo sindical. También es conocida por ser socialmente conservadora. Maya pasó sus primeros años en La Paz con su padre, minero y secretario de una cooperativa minera. A los trece años regresó a Potosí, su ciudad natal, antes de asistir a la universidad en Sucre, donde hizo amigos con varios activistas TLGB que inspiraron su activismo. Finalmente regresó a Potosí, la ciudad que ella y su familia consideran su hogar.

La ciudad de Potosí en el altiplano boliviano. (LAURA BARRIGA DÁVALOS)

En junio de 2008, Vásquez tomó una decisión que marcaría el curso de su vida. Estaba fuera de su casa preparándose para viajar a La Paz para representar a Potosí en el desfile nacional del orgullo TLGB. Pero en camino a la terminal de autobuses, un pensamiento la detuvo en seco: “¿Por qué voy a ir a otro departamento? ¿Por qué no hacer una marcha en mi departamento con las personas que desean?”, recuerda de ese momento crucial. Cuando estaba a pocas cuadras de su apartamento, ya había tomado una decisión definitiva: “No voy a viajar”.

En colaboración con el defensor del pueblo y otros miembros de la comunidad TLGB, Vásquez organizó el desfile inaugural del orgullo TLGB en Potosí. Ella y los demás organizadores tenían sus dudas. “Potosí no está preparado”, recuerda que le dijo un colaborador gay. “Nos van a apedrear, nos van a pegar, nos van a insultar”. A pesar de sus dudas, siguieron adelante.

Vásquez y otros miembros de la comunidad TLGB pasaron semanas reuniendo una lista de todos los gays, maricas, trans y travestis que conocían, y entregándoles personalmente invitaciones a todos. “He ido puerta por puerta, casa por casa”, recuerda Vásquez, “arriesgándome que me echen agua fría o que me peguen… algunos me decían ‘Maya, él es gay, ¿por qué no le entregues una carta?’ Ya decía. Imagínate si no hubiera sido verdad, no, me iban a pegar”. Afortunadamente, ninguna de sus invitaciones fue recibida con violencia.

Después de meses de preparación y de tocar más de 100 puertas, el día de la marcha, el 28 de junio de 2010, llegó. Un pequeño grupo de travestis, mujeres trans y hombres homosexuales se reunieron en una pequeña plaza del centro histórico de la ciudad y marcharon por la ciudad, terminando en la Plaza de Armas. Como sorpresa de los participantes, la reacción del público fue de pleno apoyo. “Había un montón de gente aplaudiéndonos, felicitándonos”, recuerda Vásquez.

Potosí es una ciudad pequeña y conservador, con influencias fuertes de la cultura minera machista y el catolicismo. Al crecer, Vásquez recuerda que todos en su barrio iban a la iglesia: “era norma y orden y obligatorio”, dice. “Personas que no iban a la iglesia entonces te veían feo”. En este contexto tradicional, tanto las personas TLGB como las no-TLGB se sorprendieron al ver el tipo de marcha del Orgullo que sólo habrían esperado en una ciudad más grande. Decían “‘guau, no sabía que había eso en Potosí’”, recuerda.

Cuando organizó la marcha por la primera vez y en años posteriores, Vásquez tuvo la intención de adaptarla al contexto local. “Tengamos una marcha distinta a Santa Cruz, Cochabamba o La Paz”, afirma. “Imagínate, en Santa Cruz”, la región subtropical de tierras bajas de Bolivia, “se pelarán porque su clima es cálido”. Pero “nos tenemos que adecuar a nuestra cultura y a nuestra sociedad”. Para Vásquez, esto significaba forjar una alianza con la Iglesia Católica, un paso no exento de polémica. 

Maya Alejandra Vásquez Vargas mira fotografías de marchas del Orgullo y festivales de danza folclórica pasadas a lo largo de los años, noviembre de 2024. (LAURA BARRIGA DÁVALOS)

El 17 de mayo de 2016, en el Día Internacional contra la Homofobia, la Bifobia y la Transfobia, Vásquez y otras activistas celebraron una misa en la Iglesia San Martín de Potosí para honrar la memoria de los miembros de la comunidad TLGB que habían muerto a lo largo de los años. Aunque Vásquez había organizado el evento, al principio tuvo dudas, pues temía que la iglesia las rechazara o demonizara a los asistentes TLGB. A pesar de sus dudas, siguió adelante con el acto y quedó gratamente sorprendida por su acogida. “Van todos los chicos de la comunidad”, dice Vásquez, para asistir a la misa en esta histórica iglesia barroca y rendir homenaje a las vidas que se habían perdido. El sacerdote que dirigió la misa afirmó que todos los asistentes “somos hijos de Dios” recuerda Vásquez, un mensaje especialmente potente para ella al escucharlo en la iglesia donde había recibido su Primera Comunión de niña. “Ha sido un acto de revolución, de reivindicación, y mezclado con miedo”, recuerda.

Aunque Vásquez no está segura de por qué el sacerdote estaba dispuesto a apoyar el evento, cree que las posturas relativamente progresistas del Papa Francisco jugaron un rol. No obstante, el cura “se ha arriesgado”, dice, y le da crédito por mostrar “conciencia de… amor al prójimo mismo”.

De hecho, la misa fue criticada por algunos activistas TLGB a nivel nacional. “‘¿Cómo van a ser aliados de la Iglesia Católica que son gente que siempre nos hacían satanizado, que nos destruye?’”, Vásquez dice sobre la respuesta. Pero para Vásquez y otros residentes TLGB de Potosí, la alianza era importante. “Pero qué pena, Potosí es católico pues, nos guste o no nos guste”, dijo a los críticos. “Es mejor unirnos y sensibilizarnos, volverle tu enemigo tu aliado”.

A nivel local, la alianza fue muy productiva. Por un lado, reunió a personas TLGB y no TLGB a través de una institución importante para muchos de ellos, fomentando el respeto y el entendimiento mutuo. Fue profundamente importante para muchas personas de diversidades sexuales, dice Maya, porque desde la época colonial hasta hoy en día “se ha asesinado, se ha violado, se ha matado a personas gays en el nombre de Dios”. Para quienes les habían dicho “‘vas a ir al infierno por homosexual, por lesbiana, por gay’”, ser acogidos y aceptados en la iglesia fue “una revindicación espiritual”. Samira Rocha, una amiga de Maya que asistió a esa primera misa, coincide en que ofreció un espacio simbólico para “revaloriza[r] nuestras creencias y nuestra cultura”.

La misa del 17 de mayo en la Iglesia San Martín es ahora un acontecimiento anual en Potosí, que Vásquez considera más importante que la marcha anual del Orgullo para combatir el estigma y la discriminación. Aunque sigue creyendo que el desfile del Orgullo es una forma importante de representación en Potosí, dice que a veces se ha vuelto “carnavalero”, o centrado más en los disfraces y la diversión que como foro para exigir derechos. A pesar de sus imperfecciones, la marcha del Orgullo ha sido fundamental para la representación TLGB en Potosí. Para Danner Vargas Puma, de 22 años, presidente del Colectivo TLGB Potosí, el desfile del Orgullo de Potosí fue clave para explorar su propia sexualidad. Aunque nervioso al principio, cuando asistió a su primera marcha con amigos en 2022, se sintió “orgulloso de no taparme sino de expresarme más bien como soy”. Tras esa experiencia, se sintió inspirado y capacitado para salir del armario como gay. En 2024, con Vásquez como mentora, Vargas dirigió la organización del desfile del Orgullo de ese año.

El desfile del Orgullo de Potosí ha pasado de unos diez participantes en 2010 a más de ochenta en los últimos años. Vargas dice que en sus primeros años, la mayoría de los participantes se cubrían la cara por miedo a la homofobia y la transfobia en una ciudad pequeña donde todo el mundo se conoce. Hoy en día, pocas personas llevan máscaras, especialmente entre los participantes más jóvenes. Durante su primera marcha, Danner y sus amigos se cubrieron los hombros con banderas del orgullo y marcharon a cara descubierta. “Creo que la lucha no ha sido en vano”, afirma.

Próximos pasos para el movimiento TLGB en Bolivia

Algunas de las estructuras e instituciones que cerraron las puertas a maricas, travestis y trans hace cincuenta años -especialmente tras el beso revolucionario de Barbarella- han cambiado en la actualidad. A partir de 2009, con la ratificación de una nueva Constitución y la refundación del país como Estado Plurinacional, se aprobaron diversas leyes antidiscriminatorias que incluyeron el reconocimiento de la identidad de género. La Ley 045, aprobada en 2010, instituye protecciones contra el racismo y todas las formas de discriminación. En 2016, se aprobó la Ley 807 para facilitar a los bolivianos el cambio de nombre legal y de género en los documentos oficiales. Aunque la igualdad matrimonial aún no se ha legalizado formalmente, las parejas del mismo sexo han registrado con éxito uniones civiles ante los registros cívicos; tras un largo proceso legal, Aruquipa y su pareja fueron la primera pareja del mismo sexo en registrar con éxito una unión civil en 2020.

En la práctica, sin embargo, la discriminación y la falta de redes de seguridad social hacen que las condiciones de vida y las oportunidades de vida de muchas personas trans y cuir siguen siendo precarias. Según un informe de 2023 del Defensor del Pueblo nacional, más del 43 por ciento de las personas trans de Bolivia tienen ingresos mensuales inferiores a Bs 1.000, y aproximadamente el 30 por ciento de las personas trans encuestadas indicaron que habían tenido un embarazo no deseado como consecuencia de la violencia sexual. El estudio también reveló que más del 60 por ciento de las personas trans declararon haber sufrido discriminación por motivos de identidad en el último año.

Según Vásquez y otros activistas cuir, las ONG y las organizaciones gubernamentales se centran excesivamente en la prevención del VIH, ignorando las múltiples condiciones que afectan a las vidas travesti, trans y marica y, por lo tanto, no proporcionan los recursos ni la atención adecuada. Las organizaciones locales y nacionales “nos ‘condonizan’”, dice Vásquez. “Dicen de ‘prevención, condón, prevención, condón,’ pero no ven la realidad que tienen que prepararte emocionalmente, apoyarte con una evaluación de tu misma autoestima como persona” y otras formas concretas de apoyo material y de salud mental.

No obstante, Vásquez afirma que algo fundamental ha cambiado en Potosí. Por un lado, conoce y se lleva bien con la mayoría de los políticos potosinos. Los intermediarios de un político conservador, Marco Antonio Pumari, ahora caído en desgracia, incluso buscaron insistentemente de Vásquez el apoyo como líder trans para su campaña electoral (ella se negó). Como ella comentó en nuestras conversaciones, apoyarle públicamente habría significado un reconocimiento en los términos de él, no en los de ella. En otras palabras, estas formas coercitivas de reconocimiento e inclusión probablemente no se habrían traducido en ningún cambio material real en las vidas de las personas trans y travestis de Potosí.

A pesar de los retos pendientes, Vásquez ve oportunidades en el activismo interpersonal. Los avances logrados en los últimos cincuenta años han sido monumentales, y los nuevos escenarios del movimiento TLGB tienen que ser “unipersonal[es]”, afirma, “educando a tu familia, educando a la sociedad, no con un discurso, sino con acciones”.

Maya Alejandra Vásquez Vargas y Samira Rocha pasan tiempo juntas en el centro histórico de la ciudad de Potosí, noviembre de 2024. (LAURA BARRIGA DÁVALOS)

Para Vargas, establecer un sentido de colectividad y pertenencia va más allá de la sexualidad. “Mucho más allá de una diversa orientación sexual”, afirma, “tenemos nuestros propios orígenes” culturales que se entrecruzan con el género y la sexualidad. Este pluralismo cultural -afirmado por la Constitución Plurinacional de Bolivia- se refleja asimismo en la rica diversidad de danzas folclóricas de todo el país en las que participan personas travesti y trans: hay “en Potosí el Tinku… de La Paz la Morenada, de Oruro la Diablada”, dice Vargas. “Es tan importante  eso, de aceptar nuestras sexualidades, y también estar aceptando nuestros orígenes culturales”.

Si bailar China Morena permitió bailarinas travesti como Barbarella a dar el beso que amenazó con derrocar a un dictador, las danzas folclóricas siguen ofreciendo hoy a las personas TLGB una plataforma para la experimentación y la liberación en las intersecciones de la diversidad y la disidencia sexual y cultural. Rocha y Vásquez han viajado por toda Bolivia para participar en festivales de danza folclórica, y las dos tienen previsto bailar Kullawada en las famosas celebraciones del Carnaval de Oruro este mes de marzo. Como quechuahablante del Altiplano boliviano, Rocha y sus experiencias ponen de relieve cómo la transexualidad y la indigenidad son interseccionales y complementarias. “Desde la época de la colonia [las personas TLGB] siempre han habido y siempre lo van a haber”, declara. “Y la gente siempre tiene que respetar eso”.


Benjamin Swift es una persona cuir, blanco, y cisgénero de Colorado, estados unidos. Como periodista, cineasta y productor de podcasts residente en La Paz, Bolivia, crea historias centradas en el medio ambiente y los temas LGBTQIA+. Encuentra más información sobre su trabajo en www.bswiftcreative.com.

Laura Barriga Dávalos es fotógrafa, artista visual e investigadora residente en La Paz (Bolivia). Actualmente prepara su primera exposición individual, basada en una investigación a largo plazo con ceramistas del Chaco boliviano.