El corolario Trump se inaugura en Venezuela

Esta operación marca el inicio de una nueva era en la intervención estadounidense, redefiniendo el poder imperial a través del dominio tecnológico, la guerra cognitiva y la erosión de la soberanía en todo el mundo.
Cientos de ciudadanos venezolanos residentes en Chile, asisten a una manifestación en contra de la investidura de Maduro, en el Parque Almagro, en Santiago, Chile, el 9 de Enero de 2025.  (SOFÍA YANJARÍ)

Este artículo fue publicado en inglés en la edición de primavera de 2026 de nuestra revista trimestral la NACLA Report.


Los sucesos del 3 de enero de 2026 en Venezuela, en los que el gobierno de Estados Unidos bombardeó el país y capturó al presidente Nicolás Maduro, marcan un regreso espectacular, relampagueante y de “nuevo tipo” de la Doctrina Monroe. Inaugura la era del “corolario Trump” o la doctrina “Donroe”, como ha comenzado a llamarle el presidente estadounidense Donald Trump. La tecnología utilizada y las acciones emprendidas dan cuenta de una nueva forma de dominio que va a impactar no solo en Venezuela y en América Latina, sino en la geopolítica mundial. El resultado de la operación será un rasero para medir el éxito de nuevas acciones de las distintas potencias globales que ahora podrían animarse con más ahínco a expandir sus zonas de influencia, ya sin organismos multilaterales fuertes a quienes rendir cuentas. 

El resultado de la operación será un rasero para medir el éxito de nuevas acciones de las distintas potencias globales que ahora podrían animarse con más ahínco a expandir sus zonas de influencia, ya sin organismos multilaterales fuertes a quienes rendir cuentas.

La Doctrina Monroe siempre tuvo que ver con Venezuela. Cuando fue proclamado por el expresidente de Estados Unidos James Monroe en diciembre de 1823, el libertador Simón Bolívar ya había conseguido la emancipación de Colombia, Ecuador, Venezuela y Panamá, y proyectaba la Gran Colombia como contrapeso continental frente a Estados Unidos. Su avance hacia el sur y su proyecto integracionista representaban una competencia real para los intereses del Norte.

Luego, en 1902, el presidente Cipriano Castro se negó a pagar la deuda externa a acreedores que financiaron revueltas en su contra; en respuesta, Alemania, Reino Unido e Italia realizaron un bloqueo naval y bombardeo a los puertos venezolanos, con el fin de cobrar por la fuerza. El presidente estadounidense Theodore Roosevelt permitió la presión naval, pero, iniciado el intento de invasión —y bajo el miedo de que europeos se establecieran en el país caribeño—, movilizó 50 buques militares a Puerto Rico y forzó una resolución diplomática. Aquella crisis convenció a Roosevelt de hacer una enmienda a la Doctrina Monroe, con el fin de cambiar su carácter de defensiva a ofensiva: Estados Unidos se reservaba el derecho de intervenir cuando un país de la región “se portara mal”.

Durante la Guerra Fría, en medio de las luchas nacional-populares, la doctrina ya no se enfocaba contra Europa, sino contra los adversarios ideológicos como la Unión Soviética que insuflaban apoyo a los movimientos revolucionarios, que también hervían en Venezuela. Y ahora, recién comenzando el segundo cuarto del siglo XXI, el corolario Trump se estrena justo en este país.

El poder cognitivo y la era de pos-soberanía

Lo que ha sucedido en Venezuela comenzando el 2026 es una forma de colonización 2.0. Estados Unidos ya no tiene que planear grandes invasiones, arriesgar efectivos militares, invertir ingentes cantidades de finanzas, ni tampoco sentarse a negociar con elites económicas o militares. Este tipo de operación selectiva, concreta, quirúrgica, de pocos minutos y sin saldos que lamentar para el ejército invasor, permite una nueva relación de dominación en la que el uso de la tecnología genera una brecha que, por ahora, no solo no parece posible contrarrestar, sino que de un plumazo parece haber vuelto inútiles las estrategias de resistencia que permitieron subsistir a muchos pueblos invadidos o amenazados. 

El impacto simbólico del 3E, amplificado por los videos de un presidente encarcelado en Manhattan, produce un efecto disciplinador. Genera el imaginario necesario para que solo con amenazas los líderes de Estado, o los dirigentes de un país, se rindan ante los dictámenes de Washington. En una era de pos-soberanía, los ultimátums ya comienzan a ser suficientes para mantener el control de las decisiones de los gobiernos, donde el Estado-nación puede sobrevivir solo si logra forma de potencia. Así se explica la imposición a Caracas de cortar relaciones comerciales petroleras con China y Rusia y concentrar su venta solo en Estados Unidos, como también la denodada presión ejercida sobre Panamá para que en febrero de 2025 se excluyera de la Ruta de la Seda acordada con China. 

Las invasiones que ocurrieron en las últimas décadas en Irak, Afganistán, Siria y Libia son formas de ocupación que a partir del 3 de enero parecen haber sido superadas. Entramos ahora a un nuevo modo de tutelaje y control en el que el poder ya no es ni “soft” ni “hard”, sino que se desplaza hacia un terreno cognitivo. La amenaza bélica no viene solo desde un ejército invasor ubicado en una lejana frontera, sino en la anticipación mental de consecuencias devastadoras, lo que rebaja a “cero” las defensas materiales debido a la brecha tecno-militar entre ambos ejércitos.

Entramos ahora a un nuevo modo de tutelaje y control en el que el poder ya no es ni “soft” ni “hard”, sino que se desplaza hacia un terreno cognitivo.

Ya no se necesitan efectivos en tierra, ni gastos especiales en ocupaciones prolongadas. Tampoco es imprescindible el apoyo a organizaciones no gubernamentales ni a medios de comunicación para tener éxito militar. Los ataques en Irán en junio —cuando Estados Unidos bombardeó a instalaciones nucleares iraníes— y en Venezuela en enero dan cuenta de nuevas formas, inmediatas, de acceder a los objetivos militares.

La neutralización tecnológica del enemigo, el tipo de material bélico utilizado, los aviones furtivos, los helicópteros artillados, los drones sensitivos, las interferencias electromagnéticas, los aparatos sónicos que escuchamos esa noche en Caracas y la inteligencia milimétrica resultaron suficientes para paralizar las respuestas antiaéreas asesoradas por potencias extranjeras. La lucha por la vía de la “toma de las armas”, de los fusiles, de armar a la población, de una estrategia de resistencia prolongada o “guerra de guerrillas”, perdió todo tipo de sentido, todo tipo de función, así como los triunfos electorales. Los pueblos de América Latina van a tener que enfrentarse a inéditos escenarios basados en nuevas formas de respuestas que todavía no se vislumbran con claridad.

De “policía del mundo” a “capataz de América”

El actual resurgir de la Doctrina Monroe supone un repliegue estratégico de Estados Unidos, quien ahora se plantea dejar de ser el “policía del mundo” y asume el rol de “capataz de América”. No porque se cohiba de participar en guerras en otras latitudes, sino porque deja de hacer grandes inversiones financieras y humanas destinadas a objetivos “morales”, como acabar con un “enemigo global”, “llevar democracia” e “imponer los derechos humanos”. En su lugar, lo ideológico cede ante lo pragmático para obtener ganancias concretas. Por eso privilegia la toma de Groenlandia por sobre Cuba, y permite la continuidad de un gobierno chavista.

 Este giro puede implicar para potencias como China, Rusia e Israel una nueva forma de establecer la guerra, “la paz” y el dominio. Es una luz verde para que puedan tomar acciones ante sus enemigos regionales sin pasar por el multilateralismo ni por la lógica convencional de la guerra. En este nuevo escenario, ni las trincheras ni los pueblos en armas parecen tener cabida; han perdido el protagonismo y la épica.

Eso se vive no solamente a nivel macro y geopolítico. En la microfísica cotidiana de Venezuela, la situación ha tendido a “normalizarse” en poco tiempo. Incluso la población que escuchó de cerca las explosiones no se ve involucrada en el suceso y lo analiza más bien como una lucha entre élites distantes. Mucha gente considera que la acción no les va a afectar de manera directa, mientras que para los sectores militantes la movilización no necesariamente va a confrontar a un enemigo que, de facto, no se quedó en el país, sino que se invisibilizó rápidamente.

En ese contexto, ¿qué efecto podría tener sobre el ejército invasor salir a saquear comercios, hacer un desfile en armas, perseguir opositores? El mismo ministro responsable de la defensa del país, Vladimir Padrino, llamó el día después de los bombardeos a la calma, a volver a la normalidad laboral, educativa, cotidiana, a pesar de las advertencias de su gobierno, previas al ataque, de declarar una “huelga general” y una “huelga petrolera” si había algún tipo de agresión por parte de Estados Unidos. La presidenta encargada, Delcy Rodríguez, planteó el 5 de enero, en un inusual comunicado en inglés y español, la necesidad de abrir una “agenda de cooperación” con Washington. Posteriormente, se ha enfocado en la llegada de los primeros $300 millones de dólares por la venta de petróleo a Estados Unidos, que se usarían para fondos de salud y de mejora de las condiciones laborales, gestionados por el gobierno de Venezuela, así como por la banca privada.

La operación, sin embargo, también evidencia sus límites fácticos. El gobierno venezolano sigue siendo chavista, no por concesión estadounidense, sino por conveniencia y por la incapacidad de Washington de permanecer e imponer un régimen a su imagen. La negociación se da, entonces, no solo desde la debilidad del ejército perdedor, sino también desde la fortaleza del que permanece en el territorio y provee las condiciones de gobernabilidad. Esto explica por qué la líder opositora María Corina Machado no es la “elegida”, a pesar de regalar su premio Nobel de la Paz a Trump.

En líneas generales, el chavismo se había preparado para una guerra prolongada, lo que Maduro llamaba una “etapa de lucha armada”, con un inmenso arsenal antiaéreo y con muchos sectores civiles organizados en armas, esperando siempre el “día después” de una invasión. Pero terminó haciendo, obligado por las circunstancias, todo lo contrario: aceptando el tutelaje y la regularización del conflicto desde la derrota para evitar un conflicto mayor. Incluso los sectores más radicales entendieron rápidamente que estaban bajo un nuevo marco de intervención y que la prioridad era evitar una guerra —externa o civil—, aun al costo de subordinarse a los designios de Washington. 

La amenaza perpetua

Así es la realidad actual, no solo en Venezuela, sino para América Latina en su conjunto. De manera abrupta ha advenido una nueva condición, para la cual la región no estaba preparada tras más de dos décadas de “ciclos progresistas”. Se abre así un escenario en el que resulta necesario repensar las formas de resistencia, sin casi margen de maniobra para los liderazgos. Presidentes como Gustavo Petro en Colombia o Claudia Sheinbaum en México ya enfrentan presión e intimidación explícita. Incluso Groenlandia se convierte en ejemplo emblemático: ni siquiera la otrora poderosa Europa tiene el mínimo de capacidad de maniobra para resistirse al slogan “América para los americanos”. 

Hemos llegado con Trump a una Doctrina Monroe 2.0 que, de manera relampagueante y a menos de un mes de la publicación por la Casa Blanca de su nueva estrategia de seguridad nacional, ha logrado imponer un nuevo estatus de la coexistencia internacional y de la vida política que podría marcar el resto del siglo.

Lo que pasó en Caracas el 3E no queda en el imaginario como un bombardeo clásico y violento con miles de muertos y heridos, con la destrucción de la infraestructura neurálgica, sino más bien como una “amenaza perpetua”, parafraseando a Kant. Un régimen de intimidación en el que los Estados-nación no pueden tomar decisiones soberanas so pena de recurrir a los peores escenarios. 

El resultado es un continente que parece inclinarse a los pies de los dictámenes arbitrarios de Estados Unidos. 

La eliminación del llamado “Cartel de los Soles” como banda “narcoterrorista” por parte del Departamento de Justicia, apenas horas después de la captura de Maduro, confirma no solo que todo fue un simulacro para justificar la acción, sino también la vulnerabilidad de los líderes latinoamericanos. Independientemente de sus métodos y sus formas, cualquier gobierno que no se alinee con Washington —o que tome decisiones contrarias a sus dictámenes— queda expuesto a mecanismos similares de coerción.

Este nuevo orden se consolida en un contexto de giro regional hacia la derecha radical. Los triunfos electorales de 2025 de los presidentes José Antonio Kast en Chile, Rodrigo Paz en Bolivia, Daniel Noboa en Ecuador y Nasry Asfura en Honduras, junto con el fortalecimiento del presidente Javier Milei tras las elecciones de medio término en Argentina, se combinan ahora con el mega acontecimiento del 3E y con la nueva postura del gobierno de Venezuela, obligado a negociar en minusvalía de condiciones con Washington. El resultado es un continente que parece inclinarse a los pies de los dictámenes arbitrarios de Estados Unidos. 

Los mecanismos regionales existentes —la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), la Organización de Estados Americanos (OEA), la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur)— no dan señales de vida. Diseñados para otras épocas, ya sea para enfrentar el intervencionismo clásico del siglo pasado o para acompañar a los ciclos progresistas del siglo XXI, hoy aparecen paralizados. Esta es la realidad neocolonial que atravesamos en el momento actual. 

¿Podrá haber una respuesta de los pueblos de Latinoamérica? Seguramente la habrá, pero por los momentos el letargo se impone a lo largo y ancho del continente. Por ahora, el foco de la resistencia se traslada más bien al pueblo estadounidense, que está pasando de ser un actor pasivo sobre lo que ocurría en el continente a convertirse en un protagonista de las luchas de los pueblos. 


Ociel Alí López es sociólogo, ganador de los premios Clacso/Sida para jóvenes investigadores y del premio municipal de literatura de Caracas. Es profesor de la Universidad Central de Venezuela y escribe sobre América Latina.