
Este artículo fue publicado en inglés en la edición de verano de 2025 de nuestra revista trimestal NACLA Report.
El Papa Francisco, argentino, jesuita y cercano al peronismo, falleció el 21 de abril, un día después de celebrar la Pascua de resurrección. Proveniente de un país periférico, fue conocido como el cardenal Jorge Bergoglio hasta marzo de 2013, cuando se convirtió en Francisco I, como forma de recuperar para su papado la austeridad y sencillez, el amor a la naturaleza y la dedicación a los más necesitados enseñados por San Francisco de Asís. Su muerte movilizó a medio millón de personas en todo el mundo, testimonio del legado de un pontífice que retomó la matriz popular de la religiosidad, revitalizó los principios del Concilio Vaticano II, impulsó un ambientalismo amplio e inclusivo, e instaló en el centro de la comunidad a quienes han sido excluidos por el sistema.
Jorge y Francisco, un hombre y sus dos versiones
“Bergoglio y Francisco no son lo mismo. Los carismas son distintos. A los desafíos extraordinarios del cargo, lo que el cargo le da y el carisma de función, hay que unirlo con el carisma de la persona”, explica el sociólogo Fortunato Mallimaci, reconocido investigador sobre religión y sociedad. Para pensar esa diferencia de forma concreta simplifica con un ejemplo: “ejerció muchos cargos en la iglesia argentina, desde obispo auxiliar a presidente de la Conferencia Episcopal, y nunca recibió a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo”, dos organizaciones de mujeres que durante la dictadura en Argentina comenzaron la búsqueda de sus hijos y nietos desaparecidos por el régimen militar, “pero las recibió siendo Papa”. Y Hebe de Bonafini y Estela de Carlotto, dos mujeres icónicas del movimiento y símbolos de la lucha por los derechos humanos en toda la región, “estuvieron contentísimas con esos encuentros”.
Ellas mismas y los organismos de Derechos Humanos recelaron de la designación de Bergoglio al frente de la iglesia católica. En 2005 se hizo pública una denuncia sobre el secuestro de dos curas de la orden que él encabezaba durante la dictadura. Se lo acusaba de no haberlos cuidado, o incluso haber facilitado su detención ilegal. Como explica Marcelo Larraquy, historiador y autor de los libros Recen por Él y Código Francisco, “Bergoglio, como jesuita moderado, entendía que debían acompañar a las personas en situación de necesidad pero no promover un cambio social”. Los sacerdotes Orlando Yorio y Francisco Jalics, quienes fueron secuestrados y torturados, “crearon una comunidad de base donde instalaron una parroquia a la que concurrían militantes y sectores católicos comprometidos con el cambio social”. Eso generó un conflicto entre Bergoglio y los curas, que desatendieron sus órdenes. En 1976 la Armada argentina los detuvo ilegalmente. Para Larraquy, Bergoglio no facilitó el secuestro de los curas y estas alegaciones nunca han sido verificadas. Si bien no compartía las formas de acción para sostener la opción por los pobres, “Bergoglio escondió sacerdotes perseguidos, entregó pasaportes falsos y otras acciones silenciosas durante la dictadura. Probablemente no haya querido ser un mártir, sino simplemente salvar vidas.”
Género, sexo e igualdad
Ese relato de contradicciones se replica sobre cuestiones de género. Sobre la ley del matrimonio entre personas del mismo sexo Bergoglio afirmó en una carta de 2010 a las Monjas Carmelitas de la arquidiócesis de Buenos Aires que “es la pretensión destructiva al plan de Dios. No se trata de un mero proyecto legislativo sino de una movida del demonio que pretende confundir y engañar a los hijos de Dios”. Esteban Paulón, el entonces presidente de la Federación Argentina LGBT, afirmó en 2013 que “no abrigamos demasiadas expectativas sobre el papa Francisco. Fue el rostro de la campaña de la Iglesia Católica contra la ley de matrimonio igualitario”. Él mismo, ahora diputado nacional, sostuvo que su muerte es una “pérdida compleja en un momento de discursos de odio. Fue un Papa que progresivamente ha ido instalando una mirada muy abierta. De hecho, ha bendecido a parejas de personas del mismo sexo”.
Para Diana Maffia, directora del Observatorio de Género en la Justicia de la Ciudad de Buenos Aires, esa contradicción no es novedosa. Entre 1998 y 2003 fue defensora del pueblo adjunta en la ciudad, en la que Bergoglio era arzobispo. “Él tenía un control político importante sobre Buenos Aires”, explica Maffia. “Trabajé con diversidades de género, intervine en abortos no punibles, trabajé por los derechos de personas en prostitución, con ligadura de trompas para que los hospitales las realizaran aunque las tenían prohibidas como si fueran abortos. Bergoglio conocía todo esto y nunca puso objeciones”. Incluso ayudaba económicamente a mujeres rescatadas de la trata sexual, para que tengan un lugar seguro. Sin embargo le reprocha su posición contra el matrimonio igualitario y señala la doble vara de su gestión eclesiástica: “No se le quitó la condición sacerdotal al cura Grassi, que podía seguir dando misa a pesar de ser abusador de menores, pero sí le sacó la condición de sacerdote a Nicolás Alessio porque bendijo una pareja gay”. Julio César Grassi es un sacerdote que dirigía una fundación para la protección de las infancias que resultó condenado en 2009 por abuso sexual contra menores. Nicolás Alessio era párroco en la iglesia de San Cayetano en la ciudad de Córdoba cuando se manifestó a favor de bendecir matrimonios entre personas del mismo sexo. El Arzobispo local le prohibió dar misas y en febrero de 2013 el Vaticano confirmó la sanción y perdió su estado clerical.
Jean Jude Dolz es un joven varón trans español, residente en Argentina desde 2024. Proveniente de una familia atea, se acercó a la fe a sus 20 años cuando ya había transicionado. En España le resultaba difícil bautizarse y no se sentía cómodo en la comunidad. Al radicarse en Buenos Aires junto a su pareja argentina, también varón trans, buscaron la parroquia de su barrio. “Nos encontramos con una parroquia abierta. Creo que la elección de Bergoglio como Papa, contribuyó, a partir del orgullo nacional, para que las iglesias adoptaran la ideología que él estaba impulsando en el Vaticano”, explica Dolz. Ahora pudo bautizarse sin trabas, y actualmente está haciendo la catequesis. “Hay una catequista trans en nuestra parroquia e incluso el cura se ofreció a casarnos por la Iglesia. Creo que el hecho de que Francisco aceptara el bautismo de homosexuales, y habilitara bendecir la unión entre personas homosexuales, les dio una base dogmática de la Iglesia que justificara este aperturismo”.

Durante los cargos que ejerció en la iglesia argentina, Bergoglio tuvo una posición pública cercana a la posición alineada con el mandato vaticano de regir la mirada sobre la sexualidad individual por una moralidad estricta, preconciliar, centrada en el mandato de la reproducción, que tanto Juan Pablo II como Benedicto XIII sostuvieron. Pero como Francisco generó una doctrina inclusiva, basada en la idea de que todas las personas son hijos de Dios y que por lo tanto no se las puede juzgar por sus elecciones personalísimas. En ese sentido, Bergoglio y Francisco fueron radicalmente distintos. La pregunta es si mientras era cardenal su apego a la obediencia al Papa fue más importante que su propia mirada o si cambió de opinión gracias a las luchas de las disidencias en los últimos 15 años.
¿Un Papa revolucionario?
A partir de su muerte muchos han hablado de Francisco como un revolucionario, pero no lo fue. Como afirma Mallimaci se debe analizar su papado como parte de un proceso más amplio dentro de la iglesia que comenzó en los años ‘60 y continúa. Para Ricky Carrizo, diácono del grupo de curas en opción por los pobres “Francisco trajo aire fresco al largo invierno de la Iglesia Católica. Desempolvó el Concilio Vaticano II, del que muchos Papas anteriores no estaban convencidos porque implica un fuerte compromiso social. Francisco encontró ahí un eje para su pontificado”. Carrizo destaca que Francisco “enfrentó a poderosos, se atrevió a decir que el neoliberalismo mata, y señaló a las derechas recalcitrantes. Desde el Evangelio marcó que el capitalismo salvaje destruye la vida humana, porque esclaviza a las personas”.
En el mismo sentido, Alfredo Serrano Mancilla, director ejecutivo del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica, explica que “ha sido un líder fundamental para América Latina. Abordó una matriz de ideas y principios que han sido importantes para la región, como la lucha contra la pobreza y la desigualdad, la financiarización de la economía, el rol de los medios de comunicación, el ambientalismo, y remarcó la importancia de la economía real en detrimento de la especulación”.
Mientras la iglesia católica ha tendido a concebir el universo laboral y el trabajo como una forma de explotación, Francisco puso en el centro a los movimientos sociales, aquellos que organizan a ese universo de “descartados”, emergentes de las nuevas formas de pobreza. Para Mallimaci estos movimientos son “los que se preocupan de esa enorme masa de personas sin trabajo, con poca capacidad de organización y que se empobrecen”. Francisco toma de estos movimientos el reclamo de tierra, techo y trabajo y eleva su carácter político a un plano espiritual: “Él dice que es sagrada la tierra, sagrado el techo y sagrado el trabajo. Ponerlo como sagrado, es decir religioso, no es una opción”, explica.
Un extranjero en un mundo europeo
Al asumir el papado, Bergoglio era extranjero para la tradición de Papas europeos. Formado en el pensamiento decolonial del antropólogo argentino Rodolfo Kusch, buscó transformar esa mirada política eurocéntrica y las relaciones internacionales con perspectiva colonizadora. En su libro Código Francisco, Larraquy resalta que el Papa dio rápidamente señales para marcar “el nuevo lugar de la Santa Sede en la geopolítica, junto a las potencias del mundo”. Así relata como Francisco “decidió sus viajes internacionales en base a un objetivo pastoral y promover la fe” pero también para dar su punto de vista político sobre alguna situación de conflicto que pudiera estar atravesando el país o la región que visitaba.
Juan Pablo II había globalizado la lucha contra el comunismo en la primera mitad de su papado, pero desde los años ‘90 el Vaticano estuvo dominado por una reconcentración hacia la crítica de la modernidad y el hedonismo de la sexualidad. Después de un largo período en el cual la iglesia católica perdió influencia y fieles en el mundo, la renovada universalización de la iglesia católica que impulsó Francisco se asentaba en la lucha por la paz en el mundo, contra el hambre, por el cuidado de las víctimas de la trata y los descartados del sistema. “Con su impronta de pastor, el Papa dio a esa agenda un carácter político y la introdujo en el centro de su geopolítica”, explica Larraquy.
Buscó agrandar alcance territorial en el mundo católico viajando mucho por América Latina, África y Asia. En Bolivia en 2015, pidió perdón a los indígenas latinoamericanos por las ofensas de la iglesia católica y por el genocidio cometido por la colonización. Propició una mirada multipolar del mundo y promovió el diálogo centrado en la paz y la condena a las nuevas prácticas coloniales. Dejó de lado la mirada estigmatizante de europeos y estadounidenses sobre el universo musulmán, entendidos por ellos como una amenaza. Francisco sostuvo una política activa por la paz en Medio Oriente siempre con una mirada crítica, aun cuando condenó firmemente el ataque del 7 de octubre de 2023 por parte de Hamas. En el libro “La esperanza nunca defrauda” publicado en noviembre de 2024 decía “según algunos expertos lo que está sucediendo en Gaza tiene las características de un genocidio. Debería ser investigado cuidadosamente para determinar si encaja en la definición técnica formulada por juristas y organismos internacionales”. Sobre el final de su vida, en el rezo del Angelus del 6 de abril de este año, pidió por las personas que viven en Ucrania y por los habitantes de Gaza “donde la gente se ve obligada a vivir en condiciones inimaginables, sin techo, sin comida, sin agua potable”. En ese mismo mensaje pidió por el cese de toda forma de violencia en Sudán y Sudán del Sur; en la República Democrática del Congo; en Myanmar, y en Haití, todos países donde el catolicismo es minoritario y no siempre tuvo la atención de los anteriores Papas.

De cómo graficar el papado de Francisco con solo dos puntos
Una línea se define como una sucesión de puntos, coordenadas de un espacio infinito. Para graficarla, hay puntos que se señalan y otros que se omiten. Algo similar ocurre al contar a las personas, su recorrido se grafica con algunos puntos que permiten definirla, destacando unos y descartando otros.
Los puntos con cada uno elegirá contar el camino del Papa serán diversos, pero una posibilidad, simplificadora pero valiosa, es contar cómo empezó su papado y cómo terminó. El primer viaje que hizo como Papa fue a la isla de Lampedusa en el Mediterráneo, destino de miles de inmigrantes africanos que buscan llegar –y muchos mueren en el intento- en balsas lanzadas al mar. Allí tuvo un encuentro con migrantes y celebró una misa en la que manifestó “La cultura del bienestar, que nos lleva a pensar en nosotros mismos, nos hace insensibles a los gritos de los demás”.
Si ese fue el primer punto de su papado, en su último momento público, un día antes de su muerte recibió al vicepresidente estadounidense JD Vance en su residencia en Roma. Después de una breve reunión, el arzobispo Diego Ravelli leyó el discurso de Pascua de Francisco, en el que señaló “cuanto desprecio se despierta a veces hacia los vulnerables, los marginados y los migrantes”. El Papa también advirtió contra los funcionarios electos que “ceden a la lógica del miedo, que sólo conduce al aislamiento”. Aunque no nombraba allí ni países ni gobernantes, fue tomado como una alusión clara al gobierno de Trump y Vance.
El inicio y el final, son apenas dos puntos que nos permiten trazar una línea simple, pero con la que también se puede graficar el papado de Francisco.
Daniel Cholakian es sociólogo y periodista especializado en América Latina.
