
Un puesto en el Mercado La Campana al caer el atardecer, Santa Cruz, Bolivia, 19 de enero de 2025. (Quya Reyna)
Este artículo fue publicado en inglés en la edición de primavera de 2025 de nuestra revista trimestal NACLA Report.
Estrella estaba en su puesto de pan en el Mercado La Campana a las 4 de la mañana como siempre. Parecía una madrugada normal ese 8 de enero. Las bolsas de pan a 12 por 5 bolivianos son las que más rápido se acaba, los cestos se vaciaron y las personas se dispersaron por la acera hasta desaparecer. Es ahí donde Estrella tuvo miedo. A sus 19 años, ya conocía cierta rutina, aunque sabía que esa noche sería particular por las amenazas previas que había recibido, por eso llevó a su padre para tener compañía que la cuide. Sintió nuevamente esas miradas punzantes, las que siempre llegaban cuando la tienda está vulnerable, como animales al acecho. Y tenía razón.
De pronto se acercaron ocho mujeres con mandiles puestos y algunos varones, menores en cantidad. Sus pasos resonaron con fuerza sobre el pavimento, más por el silencio intermitente de las calles.
“¡Por qué estás vendiendo el pan a 12 por 5!” La voz de una de las mujeres hizo que Estrella levantara el rostro que se escondía mientras acomodaba los panes. “¡El pan es a 10 por 5!” insistía la mujer.
Más que una pregunta fue un reclamo, al que Estrella contestó, intentando mantener firme su voz: “¿Qué tiene? ¿Cuál es el problema?”
En Bolivia, la crisis económica aprieta tanto que hasta un boliviano pesa más en el bolsillo.“¡Nosotras también tenemos derecho a vender!” gritó una de ellas. En Bolivia, la crisis económica aprieta tanto que hasta un boliviano pesa más en el bolsillo.
Las preguntas se convirtieron en amenazas y de pronto unas manos gruesas empezaron a tomar las canastas de mimbre de Estrella. Ella empezó a jalarlas, tensando sus brazos delgados que se endurecían por el esfuerzo. Su padre también lo hizo, tenía el rostro sudado y afligido. Pero eran cuatro manos contra 16 y más, quienes apuntaron a sacar no sólo los panes redondos de a 12 por 5, sino también palitos integrales, empanadas, cuernitos y otras masitas. Con manos temblorosas, Estrella sacó su celular y comenzó a grabar. La pantalla capturó primero los rostros furiosos de las señoras, pero entre los empujones y el caos, las imágenes se volvieron borrosas, un remolino de figuras y sombras donde solo las voces permanecían claras.
“¡Oiga, por qué se alzan mis cosas!” reclamó Estrella quebrándose por el miedo y la rabia.
El padre arrastró hacia él una canasta que quería llevarse una señora. Entre los jaloneos y la fuerza volaron por los aires masitas y galletas que pronto cayeron al piso, bañando por completo la acera. La señora, sin ninguna vergüenza, recogió lo esparcido para meterlo a un taxi que esperaba con el motor encendido y con varias canastas de pan dentro.
Estrella seguía reclamando, ya sin poder hacer mucho, recibiendo la amenaza final: “Mañana vamos a hacer lo mismo”.
Estamos en el mismo local donde Estrella aún vende pan por las madrugadas, pero ahora es un salón de belleza que ella atiende por las tardes. “¿Qué pasó después?”, le pregunto. Su mirada se endurece al recordar. “Lloré”, responde, “me encerré en la tienda y lloré”.
La violencia: “el pan de cada día”
Estrella Hurtado es la segunda de ocho hermanos. Siempre vivió en el Mercado La Campana, ubicado en el departamento de Santa Cruz, en el Plan 3000, una ciudadela caracterizada por la diversa migración interna que recibe. “Primero, era un poquito apagado, antes de que se haga esta vía nueva”, recuerda. La avenida que circunda el mercado se asfaltó recién el año pasado, después de más de 40 años de creación del barrio.
En el centro de las dos vías se encuentra el mercado: casetas de madera y calamina pintadas de azul, donde conviven peinadoras, fruteras, costureros y hasta comideras. Los niños abundan, correteando por los pasillos oscuros entre las casetas. El día está nublado y el sonido de los micros añade dinamismo a la conversación.
“¿De qué trabajabas antes?” le pregunto.
“Era niñera cuando era niña. También vendía ropa, compraba de la feria y revendía, después trabajé en una tienda donde vendían pan. Ahí aprendí a hacerlas”, me responde mientras me invita a sentarme frente a ella en la mesa de madera de su tienda.
La Organización Internacional de Trabajo manifiesta que en Bolivia más del 80 por ciento de la población participa en el comercio informal. Como un “país chico”, los mercados funcionan como un microcosmos de la realidad nacional, siendo las mujeres sujetos de mayor participación en este gremio, estando expuestas a bajos ingresos económicos y a tensiones reforzadas por la calle. Así, los mercados populares superan esa función económica tradicional de intercambio, ya que son lugares que revelan las tensiones sociales existentes, principalmente por la economía. Bolivia atraviesa una crisis económica aguda; cerró 2024 con una inflación cercana al 10 por ciento, la tasa más alta desde 2008, y subió al 12 por ciento a principios de 2025.
Pero los mercados también pueden ser espacios de solidaridad femenina. “Hay prácticas feministas y de sororidad en el mercado que no necesariamente se llaman así”, explica Rosario De la Cruz, feminista Aymara que ha estudiado los mercados de El Alto. En una entrevista realizada por el Movimiento Maricas Bolivia, ella revela una profunda comprensión de las prácticas colectivas femeninas en los espacios de comercio: “Las compañeras no te dicen: yo soy sorora. No hay eso. Y no es que no existe y no se adjudique a esta línea, pero ahí nos decíamos: claro, estas primeras postulaciones del feminismo de lo público y lo privado no se enfrasca en la realidad alteña, porque las mujeres crían y educan a sus hijos en la calle”.
Estrella es hija de vendedores y también fue parte de esa crianza callejera y colectiva del comercio. Ese instinto de ir a buscar en la calle un sustento para continuar sus estudios en Medicina, porque además es universitaria, es a lo que muchos jóvenes apuestan por falta de oportunidades en trabajos formales, más aún en la situación que atraviesa el país.
Como cualquier microcosmos, los mercados pueden ser espacios de empatía, pero, como pasó con Estrella, la “sororidad”, tan romantizada, no es una opción constante. Como cualquier microcosmos, los mercados pueden ser espacios de empatía, pero, como pasó con Estrella, la “sororidad”, tan romantizada, no es una opción constante. Cuando hay una crisis económica, las mujeres son las que más enfrentan los cambios y, en un escenario tan hostil para generar ingresos, se ven obligadas a comprometer su solidaridad por la supervivencia en un sistema que las subordina, relegándolas a una competitividad feroz que rompe sus lazos de apoyo mutuo y las deja a merced de un Estado sistemáticamente ausente.
“¿Y denunciaste el robo de tus panes?” le pregunto.
“Fui a la EPI 3 [Estación Policial Integral] y no me aceptaron la denuncia. Me dijeron que tenía que tener heridas en mi cuerpo o golpes para que me reciba la declaración. ‘El forense te va a revisar’, me dijeron, ‘y no tienes nada’. ‘Estos casos tardan’, me dijeron, ‘ándate nomás’”, responde Estrella en una mezcla de impotencia y frustración.
El conflicto social, convertido en cotidianidad, se ha vuelto un pan salido del horno. Bloqueos de 18 días en Cochabamba el octubre pasado, amenazas de paro de transportistas a fines de año, marchas de gremiales, gasificaciones a marchas campesinas y protestas por la subida de pasaje revelan un tejido social fracturado y convulsionado en protestas como formas de llamada de atención.
Pero, al igual que las denuncias de Estrella, no valen nada si no estás totalmente golpeada: “ándate nomás”.

Estrella Hurtado vende pan en su puesto en el Mercado La Campana en Santa Cruz, Bolivia, 19 de enero de 2025. (Quya Reyna)
“En la casa que no hay pan, pocas cosas se dan”
Si hablamos de economía, los indicadores de su estabilidad en Bolivia son el pan y el pasaje de transporte público. Si uno de ellos se altera, los síntomas de desestabilidad se sienten más. El alza del pasaje se siente en los pies, pero el alza del pan se experimenta más profundamente; es el pulso de la sociedad, en su hambre cotidiana.
En Bolivia, un litro de gasolina cuesta menos que un litro de agua porque los combustibles están subvencionados. En Bolivia, un litro de gasolina cuesta menos que un litro de agua porque los combustibles están subvencionados, y el Estado cubre entre el 50 por ciento y el 70 por ciento del precio. Un litro de gasolina cuesta 3,74 bolivianos, equivalente a 54 centavos de dólar. Esta subvención se extiende al diésel y al gas licuado de petróleo y otros derivados, beneficiando al sector productivo y al transporte pesado y liviano.
Sin embargo, el desabastecimiento de gasolina y diésel está generando filas interminables en los surtidores. Los transportistas en Santa Cruz y La Paz tomaron medidas de presión para aumentar el pasaje debido al incremento de la canasta familiar y de los carburantes, pero no tuvieron éxito. En Cochabamba, el Concejo aprobó elevar la tarifa de 2 a 2,50 bolivianos a inicios del 2025 y el alcalde en Santa Cruz subió la tarifa de 2 a 2,30 Bs.
El pan, a 50 centavos, ha sido uno de los pocos productos que mantuvo su precio estable desde 2010, resistiendo hasta ahora la severa crisis económica de Bolivia. Sin embargo, el desabastecimiento de harina y el creciente costo de los productos de la canasta familiar amenazan este último “bastión de estabilidad”.
Aunque el Estado subsidia la harina para mantener precios mínimos —la vende a unos 130 Bs. o US$19 por quintal, equivalente a 100 kilos—, los panificadores ya sugieren un incremento de precios, argumentando el incumplimiento gubernamental en el abastecimiento. Con el precio de la harina en el mercado formal o en el “mercado negro”, como le llaman, oscilando entre 300 y 320 bolivianos, el pan corre el riesgo de convertirse en otro elemento más de la escalada inflacionaria.
En este escenario, cada pan no es solo un alimento, sino un testimonio de un problema mayor.
“¿Y tú por qué vendías el pan a doce por cinco?” pregunto a Estrella mientras en su salón de belleza su mamá nos prepara un frappé que vende a 10 pesos.
“Yo antes agarraba el pan ya hecho, pero ahora voy al horno a hacer el pan, yo estudié para hacer pan. Y del pan no se gana mucho. La clave está en vender harto, para ganar más”, responde.
La harina sigue siendo subvencionada por el Estado, pero es destinada a los hornos industriales que hacen pan para distribuir a las tiendas. Las panaderías pequeñas no acceden a la harina subvencionada; compran la harina normal y el precio ha subido. Estrella cuenta que el quintal ha subido de 150 Bs. a 310 Bs.
El pan no es solo un símbolo de estabilidad, sino el reflejo de una economía que se “achica” sutilmente, disminuyendo su volumen a la sombra de los subsidios. Se podría decir que el pan es un símbolo de una inflación supuestamente controlada. Lo que el gobierno no contempla es que, si bien subvencionaba la harina para contener su costo, los panificadores respondían reduciendo el tamaño del pan. Cuando observo los panes que vende Estrella, son tan pequeños que pueden consumirse en dos mordidas. El pan no es solo un símbolo de estabilidad, sino el reflejo de una economía que se “achica” sutilmente, disminuyendo su volumen a la sombra de los subsidios.
Mientras en Santa Cruz se comercializa panes blancos y redondeados, en La Paz predomina “la marraqueta” o pan de batalla que consume más harina que el pan convencional. A inicios de año, Rubén Ríos, dirigente nacional de panificadores, sugirió un aumento de precio del pan de batalla, destacando que un pan sin subvención rondaría 1,20 Bs.y con subvención a 70 centavos. Luis Raimundo, escritor y panadero alteño, refleja el descontento de su sector. “Hemos venido asumiendo los costos para que no suba el pan, mientras los salarios suben y la vida se encarece.”
Aunque la subvención estatal de la harina se incrementó desde el 2008 de 35 por ciento hasta alcanzar hoy el 50 por ciento del costo, para Raimundo esto resulta insuficiente: mientras el salario mínimo se multiplicó de 680 a 2.500 bolivianos entre 2010 y 2024 y los precios de la canasta básica aumentaron durante este periodo, los panaderos han mantenido invariable el precio de su producto. Es como si en 10 años nuestros ingresos apenas hubieran aumentado”, señala Raimundo.
Para Raimundo, el desabastecimiento de harina es un desafío crítico. “El gobierno nos debe tres ‘saques'”, explica, cuando un “saque” equivale a sesenta quintales de harina entregados cada quince días. Sin embargo, estos envíos, ya pagados, no han llegado a su panadería. Este problema afecta también a otros panaderos alteños y paceños, quienes, a finales de octubre, dejaron de producir pan de batalla por algunos días como protesta ante la falta de harina.
La escasez de harina está ligada a la inestabilidad mundial; la guerra Rusia-Ucrania ha provocado un salto en los precios del trigo, elevándolos de $270 a $350 por tonelada métrica, lo que incrementa directamente el costo de la harina en Bolivia. La crisis climática ha agravado la situación, reduciendo la producción nacional de trigo en 236 toneladas el año pasado. Dependemos de la importación. El desabastecimiento de harina se suma a otros problemas críticos que seguramente afectarán profundamente a la población este 2025.
“Hemos cargado el estómago del pueblo a nuestras espaldas y lo vamos a seguir haciendo”, sentencia Raimundo.

Uno de los pasillos dentro del Mercado La Campana en Santa Cruz, Bolivia, 19 de enero de 2025. (Quya Reyna)
“Tomen y coman: este es mi cuerpo”
En septiembre de 2020, en etapa pre electoral, el candidato de derecha Jorge “Tuto” Quiroga fue invitado a una entrevista en el programa “Periodismo que Cuenta”, donde le preguntaron a cuánto estaba el pasaje de transporte. Él evadió la pregunta respondiendo que el problema del país es demasiado grande como para pensar que “la economía la va a arreglar quién está yendo al mercado”.
El periodista le aclaró que eso es “palpar la realidad de la gente” e insistió con otra pregunta: ¿cuánto cuesta el pan? Quiroga, más incómodo y molesto, respondió: “No, te ruego, es que… cuando entro en eso, con todo respeto, parecería que el problema fuera eso…”
¿Entonces el problema no es ese?
Tuto Quiroga postulará nuevamente a las elecciones presidenciales en agosto de este año, en un momento donde el pasaje de transporte y el pan son un problema fundamental en la economía popular. Recientemente inició un frente único con otros rostros de oposición como Carlos Mesa, Samuel Doria Medina y Luis Fernando Camacho, sumando apoyo del partido de Fuerza Revolucionaria de Izquierda, contradictorio a su doctrina de derecha liberal. Perdido entre su postura, parece ser de los elegidos en el país para enfrentar al partido gobernante del Movimiento Al Socialismo (MAS), paralelamente con el alcalde de Cochabamba Manfred Reyes Villa y, sorpresivamente, Chi Hyun Chung, que concentra el voto evangélico y popular.
Aunque figuran como preferidos de la oposición en las diversas encuestas presidenciales, los indecisos suman más que el porcentaje que acumulan estos perfiles. En la encuesta del empresario boliviano Marcelo Claure, publicada en enero de este año, los indecisos y personas que votarían por “otros” llegan a un 24 por ciento de la población, superando a Manfred Reyes Villa que obtuvo un 19 por ciento, a Chi con un 18 por ciento y a Tuto con un 11 por ciento. La oposición naufraga entre el rechazo y la resignación de una población hastiada.
¿Y qué pasa al otro lado de la trinchera?
Bolivia transita una crisis que desborda lo económico: la fractura política del MAS, que ha gobernado 18 de los últimos 19 años, ha expuesto una crisis orgánica profunda. El enfrentamiento entre el ex presidente Evo Morales y el actual mandatario Luis Arce ha desencadenado una intensa pugna por el control del partido más influyente del país. Esta confrontación ha resultado en un desgaste mutuo que compromete seriamente sus aspiraciones de representar a la izquierda en los próximos comicios. En este escenario complejo, Andrónico Rodríguez, actual presidente del Senado, emerge como la única figura potencialmente viable para una candidatura. Sin embargo, las tensiones dentro del sector “evista” han generado un cerco político que limita significativamente su capacidad de acción y lo mantiene prácticamente paralizado frente a la coyuntura política.
La metáfora es interesante: dos políticos jalando una canasta de pan, disputándose el espacio de poder, sin importar si los panes caen al suelo.La metáfora es interesante: dos políticos jalando una canasta de pan, disputándose el espacio de poder, sin importar si los panes caen al suelo. Una imagen que sintetiza no solo la crisis política, sino la fragmentación de un proyecto político, social y económico que alguna vez se presentó como una esperanza para los sectores marginados.
“¿Y tú qué opinas de Evo Morales?” le pregunto a Estrella con el vaso de frappé vacío. “Tú que prácticamente has crecido con el MAS como único gobierno”.
“Fue un buen presidente, hizo muchas cosas. Si supieras cómo era esto antes, todo polvo, triste”, me dice mirando hacia la calle. “El país ha cambiado”.
“¿Y si él vuelve a postular para presidente, tú votarías por él?”
“No…”
“¿Por qué?”, le pregunto extrañada.
“Porque no van a retornar los buenos años que tuvimos”.
El escenario político permanece incierto. Las elecciones de 2025, más que definir un próximo gobierno, serán un termómetro de los cambios y fracturas en el sistema político boliviano. Las estrategias del pasado parecen insuficientes para enfrentar los desafíos del presente, y la falta de renovación en los liderazgos deja al país en un estado de incertidumbre, donde ninguna opción política parece ofrecer soluciones claras a los problemas actuales.
“¿Qué sentiste cuándo viste los panes tirados al suelo?” le pregunto a Estrella mientras estamos por despedirnos.
“Un pan nunca se bota. El pan es sagrado.”
Quya Reyna – Reyna Maribel Suñagua Copa nació en la ciudad de El Alto, Bolivia. Es una escritora aymara que comparte sus escritos en plataformas digitales y en medios nacionales e internacionales. Actualmente trabaja como periodista en Deutsche Welle. Es autora de Los hijos de Goni (2022, Sobras Selectas).
