
Este artículo fue publicado en inglés en la edición de verano de 2026 de nuestra revista trimestral la NACLA Report.
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Plaza Antonia Martínez, Universidad de Puerto Rico, Río Piedras, 1993. Fue ahí donde conocí a la poeta, artista y cineasta Carla Cavina. Éramos las únicas pelirrojas entre todos los estudiantes que caminaban a clase. También éramos las más bajitas. Cuando miré sus ojos, vi un espíritu afín que entendía la complejidad de ser una pelirroja con pecas en Puerto Rico—habitar la blancura sin riqueza—proveniente de Bayamón (Carla) o Trujillo Alto (yo), esos pueblos del área metropolitana, adyacentes a San Juan, que no pertenecen ni a lo remoto de “la isla” ni a la cúpula del poder político y económico de San Juan y Guaynabo. Carla vendía su primera antología de poesía, Corredora de sueños (1993), recogida en un libro artesanal diseñado y hecho por ella. Era la primera vez que conocía a una autora y veía un libro hecho a mano. Quería comprarlo, pero no tenía dinero. Quería conversar con ella, pero me sentía intimidada.
En años venideros, además de interactuar intermitentemente en el campus universitario, Carla y yo coincidíamos los fines de semana en el Viejo San Juan, antes de que el banquero Richard Carrión se mudara allí y Sila María Calderón se convirtiera en la alcaldesa (1996). En aquel entonces, las noches en San Juan les pertenecían a los adolescentes y estudiantes universitarios. Éramos bienvenidos en cada bar, bebíamos en cada rincón y pasábamos el rato en las calles y en las murallas del Morro desde la tarde hasta la madrugada. No todos éramos iguales. Teníamos tribus organizadas por clase social y por afinidades musicales. Sin embargo, después de 1996, la policía comenzó a sacarnos a todos a macanazos. Corríamos para evadir el acoso, el abuso y el arresto. Entrábamos a los bares antes de que los dueños cerraran las puertas para evitar las redadas policiales en sus pequeños locales.
Esa serie fue una historia encarnada que empezó con temas de encierro y evolucionó hacia una antítesis entre un cuerpo confinado y uno en movimiento.
Cuando los noventa se desvanecieron y la vida nos llevó por distintos lugares, seguí en contacto con Carla a través de las redes sociales. Me tomó 20 años y una pandemia para lanzarme a establecer una conexión más profunda con ella. Carla no lo sabe, pero su serie de fotos #RetoCuarentena, publicada en Instagram, me dio un suspiro para sobrevivir cada día durante aquel tiempo en que pensé que la humanidad llegaba a su fin. Esa serie fue una historia encarnada que empezó con temas de encierro y evolucionó hacia una antítesis entre un cuerpo confinado y uno en movimiento. Esa antítesis guía mi escritura mientras vuelvo a conectar con Carla. Esta vez, estoy arriesgándome a acercarme a ella a través de su práctica como fotógrafa.
Amparado en el deseo de reconectar con aquella comunidad que Carla y yo vivimos en la Universidad de Puerto Rico durante los años 90, reavivada en mi memoria por Instagram y el aislamiento de la pandemia, me acerco a la serie fotográfica #RetoCuarentena (2020) de Carla que se inscribe en el trasfondo de la militarización histórica del archipiélago puertorriqueño. Dentro de un contexto marcado por la imposición de un toque de queda policial que secuestró a los habitantes en sus casas, Carla respondió al #RetoCuarentena, una llamada lanzada en Instagram por la fotógrafa Lluvia (@colerablues). Cada día, Lluvia enviaba una palabra y los artistas debían responder con una imagen que se publicaba en la red social. Ante la catástrofe de un hábitat desolado y aislado, en sentidos materiales y emocionales, Carla creó fotos y autorretratos donde jugó con opuestos para auscultar su masculinidad, desde un lente femenino. Luego de dos largas conversaciones con Carla y mediante un análisis fotográfico, he hilado el planteamiento personal y filosófico de la fotógrafa con la interacción entre cuerpo, espacio y tiempo. Perciboque ese cruce circunda su acto creativo y, además, guía otras contradicciones más allá de las planteadas por la artista: la representación del cuerpo encerrado y sus movimientos azarosos, y el colapso del espacio social y la apertura dolorosa del íntimo.
La potencia del algaretismo: Un abrazo a la incertidumbre
La fotografía de Carla se aferra al algaretismo que tanto asustó a la voz de Insularismo. Es gracias a ese algaretismo que el arte de Carla logra rasgar el encierro militarizado.
En la perenne contradicción, en el aflojar y el estirar contra la encerrona y en el saltar entre trozos—o en aquello que el escritor Antonio S. Pedreira llamó “la nave al garete” —se asoma un arte que retó, no solo la cuarentena, sino también la cárcel perpetua que le ha impuesto la militarización estadounidense al archipiélago puertorriqueño. La expresión nave al garete es clave en la colección de ensayos Insularismo (1934 ) de Pedreira. Dentro de lo que fueron las ansiedades patriarcales, racistas y clasistas del género del ensayo culturalista que intentaba definir la conciencia colectiva de una nación, la principal de Pedreira era el estancamiento de la condición de isla. La nación puertorriqueña estaba desconectada de un pasado glorioso y embaucada por un pesimismo derrotista hacia el futuro. El presente, según Pedreira, se ejercía por una improvisación a la que llama la nave al garete, navegando sin un origen claro (la gran cultura hispana) ni un rumbo fijo (el necesario utilitarismo estadounidense): “Entramos en el siglo XX con un puñado de residuos inservibles y una buena cantidad de deficiencias sociales … Al mismo tiempo, la vida se nos corrompe dentro de … la plebeya depauperación intelectual a la que la ha sometido la vulgaridad del presente” (79). Sin embargo, percibía que Puerto Rico estaba en un punto de inflexión desde el cual podía encaminarse hacia la grandeza. Para ello, había que encontrar la brújula que pudiera guiar al pueblo en medio de lo que él consideraba la metamorfosis de una mariposa. Si bien ese estado transformativo le impartía esperanza al tono del texto, la ansiedad por el estancamiento continuaba entreviéndose en una premura ensayística por salir prontamente del periodo de mudanza. La mariposa debía volar ya.
La respuesta de Carla ante el reto de la cuarentena no fue volar como la mariposa. A través de las imágenes seleccionadas para este estudio, propongo una oración visual: una libélula entrecerrada navega con timón roto un barco con forma masculina/femenina. Mientras Pedreira buscaba firmeza para salir de la encerrona marcada por la historia colonial de Puerto Rico, la fotografía de Carla se aferra al algaretismo que tanto asustó a la voz de Insularismo. Es gracias a ese algaretismo que el arte de Carla logra rasgar el encierro militarizado.
Estado militarizado
En el contexto de un archipiélago marcado por un militarismo colonial, la imposición de una cuarentena vigilada por los soldados de la Guardia Nacional subrayó la precariedad del estado civil en Puerto Rico. El gobierno declaró un estado de emergencia que le permitió actuar mediante ordenanzas que superaban los estatutos legales. Por ejemplo, se decretó un toque de queda que ilegalizaba la circulación de las personas—ya fueran peatones o conductores—en el espacio público. Los arrestos se dispararon a niveles nunca antes vistos. La consideración gubernamental de imponer una ley marcial terminó por socavar la apertura del espacio público. Además de la violencia, las repercusiones del encierro incluyeron un recrudecimiento de las enfermedades mentales, lo que se tradujo en un aumento del número de suicidios. Como en otros lugares de América Latina y el Caribe, los cuerpos feminizados sufrieron más muertes que los demás, condenados a un espacio doméstico inseguro, circunscrito por la violencia de pareja e intrafamiliar. Si bien innumerables lugares alrededor del mundo recurrieron al encierro de personas durante la pandemia de Covid-19 para evitar el contagio, la historia del bastión militar español y de la base militar más grande del mundo de la Marina de los Estados Unidos recrudece la encerrona que el archipiélago ha sufrido por siglos.
Específicamente, desde la invasión estadounidense de 1898 hasta el presente, en su momento de mayor acumulación, el régimen colonial cimentó el archipiélago con once bases militares de importancia. A partir de ellas, el gobierno colonial planificó y desarrolló la infraestructura de Puerto Rico para atender las necesidades de las Fuerzas Armadas del imperio en el Caribe. Se consolidó, además, una complicidad económica y social entre ambos organismos, lo que derivó en la dependencia del ejército para la generación de empleos tanto militares como civiles. La más infame de las bases tal vez haya sido Roosevelt Roads en la isla de Vieques, una de las bases más grandes de la Marina de Estados Unidos en el mundo. El constante bombardeo de la Marina en Vieques creó repercusiones serias para la ecología y la economía de la isla, así como para la salud de su población. Tras un bombardeo que resultó en la muerte de un puertorriqueño empleado en la base, la lucha que los viequenses habían sostenido contra la Marina durante décadas se transformó en una épica del archipiélago entero. Desde la salida de la Marina de Vieques en 2004, la población y su tierra han continuado sufriendo los efectos dañinos del militarismo. Al escribir estas líneas hoy, en 2026, Roosevelt Roads ha sido reabierta bajo órdenes del Presidente Donald Trump en 2025, con la misión de vigilar las aguas del Caribe a la caza de embarcaciones sospechosas de narcotráfico. En un mar donde la migración de un lado a otro ha fluido por siglos, aunque solo puede especularse, es probable que muchas de las embarcaciones hundidas por los ataques militares hayan estado cargadas de personas en busca de refugio.
Dicha militarización del archipiélago ha asegurado también la reproducción de cuerpos hipermasculinizados, no solo para las fuerzas militares, sino también las policiacas. La mayor parte proviene de la pobreza y es seducida ante la promesa de una educación gratuita después del servicio, así como por una carrera militar. Sin embargo, estos cuerpos, al igual que los de quienes masacran, han quedado marcados por la violencia y la muerte que han vivido en guerras forjadas contra las poblaciones más vulnerables de Puerto Rico y de otros países colonizados e invadidos por los ejércitos estadounidenses.
Reto de cuarentena y una comunidad en Instagram
Es desde el entrampamiento militarizado que surge el urgente llamado de la artista Lluvia en Instagram. Debido a la desaparición de la cuenta de Lluvia (@colerablues), cito a la artista Jo Cosme (@jo.cosme) para explicar el proyecto:
@colerablues invited me and a number of other #PuertoRican #artists (whose practice is mainly #photography) to document our #daily life during the #COVID_19 times through the page and Collective: @quarantinedeyes. This project is intended to keep us being creative even when #confined in our homes. … There’s a new idea each day and everyone makes a post with their interpretation of it. … We are also inviting you all to be a part of this Collective as an extended family through the hashtag #CollectiveContainmentBlues. I hope this project helps you find #solace in these trying times as much as it has for us. (@jo.cosme, March 22, 2020)
Aquello que había comenzado como una comunidad de artistas, principalmente fotógrafos, bajo el alias ya desaparecido @quarantinedeyes, en aras de sobrevivir el confinamiento, se expande en esta llamada. Bajo el hashtag #CollectiveContainmentBlues, la iniciativa gira su enfoque de unos cuántos conocidos hacia muchos, quizá por conocer en un futuro indeterminado. Por cierto, las publicaciones bajo dicho hashtag van desde 2020 y han continuado hasta este año, 2026.
Al mirar la colección de imágenes que formó #CollectiveContainmentBlues, puede verse que no necesariamente incluye todas las imágenes producidas por quienes aceptaron el reto. Por ejemplo, las fotos de Carla no están allí. Otra observación que debo hacer es que el conjunto aparece como un tráfico multitudinario que ha llegado a parar fortuitamente en el mismo lugar debido a usos totales o parciales del hashtag. Junto con fotografías artísticas o cotidianas sobre la pandemia en Puerto Rico, aparecen imágenes relacionadas con una sanadora, promociones de eventos y fotos de eventos grupales fuera del archipiélago o sus comunidades en la diáspora. Como sugiere su selección de Instagram como medio, la ambición de la llamada no parece haber sido crear un archivo estable, sino una urgencia por conectarse con otros mediante imágenes compartidas y circuladas por una plataforma virtual muy accesible. Especulo, además, que la llamada se lanza con la esperanza de que las técnicas fotográficas cotidianas, como el selfie y el snapshot, construyan una comunidad artística horizontal dentro de una red social donde la fácil edición de la imagen otorga infinitas experimentaciones antes de publicar el producto final.
Precisamente, la fotografía de Carla para el reto se suscribe por algún tiempo al snapshot, como se aprecia en las primeras dos fotos que analizo aquí. Si bien el snapshot es producto de eventos regulados por convenciones sociales (celebraciones familiares o institucionales), su valor siempre ha estado en lo imprevisto, aquello que se escapa a la intención de quien retrata. En Instagram, empero, ese valor se ha banalizado entre tanta imagen que deliberadamente se presenta como una imperfección. Lo que me interesa al ver el uso del snapshot en el arte de Carla es cómo una aparente toma artísticamente ligera nos informa sobre la relación que se forma entre la experiencia del espacio cotidiano, vuelto cárcel, y la temporalidad de sus efectos, tanto de la experiencia como de la imagen.
Una libélula entrecerrada navega con timón roto un barco
Para aquella primera palabra lanzada en el reto de cuarentena, “ventana”, Carla tomó un snapshot de una ventana que aparecía entrecruzada por el típico escrín (cedazo o tela metálica) que se usa en Puerto Rico para evitar la entrada de insectos. Casi completamente cerrada, a través de una pequeña ranura, asoma un paisaje urbano sanjuanero, donde la vegetación amenaza con tragarse los edificios. Tanto los árboles como el cielo azul y soleado parecerían abrirse a un día afuera, tal vez de ocio. En ese sentido, tal día podría darse en una experiencia temporal de infinita extensión. La ventana casi oscura, sin embargo, nos remite a la imposición de la cuarentena en el encierro militarizado con una temporalidad también infinita.
Entre la ranura del espacio abierto y la oscuridad de la cerrazón, aparece una libélula. Pudiera estar viva, acechando mosquitos y moscas con su vista de casi 360°. O podría estar disecada y parecer viva en la muerte. Dentro del contexto del reto, la escena esgrime la imposibilidad de la totalidad en una serie de contrarios: ni cerrada ni abierta, ni urbana ni rural, ni viva ni muerta. Y desde ese incómodo intermedio, la imagen nos exige encarnarnos en su personaje, viva/muerta, para mirar lo terrible del tiempo en encierro y anhelar el ocio del paisaje entrevisto. Por lo tanto, no hay posibilidad de transformación en este caso, al contrario del anhelo representado por la mariposa en Pedreira. Sin embargo, tal como su símbolo exclama a lo largo de una tradición popular, la libélula nos refiere justamente a un movimiento íntimo, mínimo, lento y sin final apoteósico.

Cuando apareció la palabra agua el día trece del #RetoCuarentena, Carla respondió con Amores de papel, en el que un barco de papel flota sobre el agua en un lavamanos. Los barcos, con sus mástiles, evocan lo fálico. Pero el ángulo de la toma sobre el barco de papel en esta foto puede dirigirnos hacia la representación de una vagina también. Masculino/femenino se entrelazan y, al igual que en Ventana, existe aquí una tensión entre lo abierto y lo cerrado; en este caso, el moverse sobre un agua artificialmente atrapada. El elemento del agua, sin embargo, expandió y profundizó en mí la propuesta que ya avistaba en Carla al representar la libélula en la ventana como un fluir dentro de la contención. Pareciera que no hay un acto liberador final. Lo masculino/femenino está fijo en ese barco que pareciera inmóvil. No obstante, sabemos que, el material mismo del objeto se inquieta de a poco al flotar sobre el agua. La fragilidad del papel nos recuerda el riesgo del constante fluir en contención, es decir, el desgaste del tiempo apilado, todo a la vez, sobre la vida. La tipografía inelegible roja sobre lo que sería la base del mástil y la palabra amores en el título de la pieza nos remite a ese intersticio cerrado/abierto entre lo masculino y lo femenino. Es, como dirán las palabras de Carla de otra manera, la fuerza emocional que nos conecta con el mundo, eso que persevera aun después del desgaste. Amores de papel comenzó una exploración con el agua que atravesaría el arte de Carla durante el reto y aun después de que la llamada hubiera concluido.
Cuando a Carla se le acabaron los objetos de la casa, debió girar la cámara hacia sí. Fue entonces que el reto devino en una serie de autorretratos que, como me confesó, le impusieron un momento crítico:
La fragilidad del papel nos recuerda el riesgo del constante fluir en contención, es decir, el desgaste del tiempo apilado, todo a la vez, sobre la vida.
Tú y yo somos de una generación en la que mirarnos a la cámara y hablar de lo que hacemos no es tan cool. En el momento en que yo viré la cámara hacia mí, coincidió con un momento de mi vida en el que yo estaba conectando con mi lado masculino, sin perder mi lado femenino (la vulnerabilidad, la receptividad, la empatía). Ya con esta conciencia, empiezo a explorar lo sexy masculino en mí, incluso el conflicto de lo masculino en mí.
Me parece significativo que, al hablar de la serie de autorretratos que crearía dentro del reto, Carla describe el acto del selfie. A final de cuentas, el reto era en Instagram, el sitio por excelencia de la vanidad y banalidad de lo supuestamente espontáneo del selfie. Dejarse ver o no ante sí misma y los demás, espontáneamente o no, entre lo masculino y lo femenino se ató también a una serie de historias familiares que relataron el viaje de su padre, un joven campesino italiano, desde su pueblo hasta Puerto Rico. Luego de entrenar como técnico de refrigeración, trabajó durante muchos años en calderas de barcos, un entorno golpeado por el calor y los estruendos de las máquinas. Al hablar de su padre, Carla medita sobre su fuerza, suavidad, generosidad y el olor a la grasa de su trabajo.
La figura de su padre resuena en el autorretrato Caballero de Copas, donde Carla se sujeta al trozo de un timón roto mientras alza una copa sobre un fondo digital con una imagen del mar. Según me contó, halló el timón roto y lleno de grasa en Vieques, la isla del archipiélago de Puerto Rico que fue y ahora vuelve a ser la base de la Marina de Estados Unidos durante décadas. Carla confiesa: “Yo siempre he querido ser marinero. Yo siempre he querido navegar. A mí me encanta que mi papá haya llegado en barco.” También me dice que el timón de la foto es especial para ella. Le comento sobre la hermosa conexión que observo entre ella y su padre en el timón. Me dice que no lo había notado. No puedo creerle. He ahí lo imprevisto del snapshot, aquello que se le escapó a la artista y que solo se recobra en la comunidad de la conversación.
Para Carla, la raíz de Caballero de Copas es su estudio espiritual de los mitos y la astrología, así como su labor con la carta astral y el tarot. La pregunta que le ha dado un norte a su búsqueda es: “¿Dónde fue que a alguien se le ocurrió que era chévere que las mujeres hicieran una cosa y los hombres otra?” De ahí, se ha concentrado en examinar los arquetipos femeninos y masculinos para, en su fotografía, enfatizar que “todos somos … un componente de energía femenina y masculina”.
Por lo tanto, el Caballero de Copas trabaja como una síntesis visual de la estética Caviana o de Carla Cavina. Como me enseñó ella, el Caballero de Copas representa el agua, el elemento de la creación, la transmisión y la recepción. Es el elemento que contiene mayor energía femenina, y su Caballero de Copas es femenino. Su misión es encontrar el Santo Grial en un viaje interminable que gravita entre historia y leyenda. Se trata de un deseo por asir lo inasible. De ahí que, a veces, el Caballero de Copas tenga dificultad para moverse.
El texto que Carla añade a esta obra también refuerza dicha síntesis en su hacer arte:
Soy un Rey de Bastos, puro fuego y pasión. Pero demasiado fuego crea desiertos. Conectando con la energía del agua estudio al Rey de Copas … Las copas representan el agua, las emociones y el subconsciente. Los caballeros representan acción, pero en las copas es la tensión entre los grandes sueños y la pasividad del miedo al fracaso. Hace falta un poco de fuego, tierra y aire para hacerlos realidad. Recalibrando hacia dentro.
Recalibrar hacia adentro es, aquí, marcar el roce entre el detenerse y el avanzar. En su forma de pensar y hacer arte, Carla logra convertir el encierro impuesto por la cuarentena estatal en un espacio donde aquella libélula quieta se abraza a su medio timón y navega el mundo íntimo, asomada entre el adentro y el afuera. Se trata de un aprendizaje precipitado a partir del agua—con un poco de fuego, tierra y aire—sobre el desplazo constante entre lo femenino y lo masculino.
En el arte de Carla, percibo una gran potencialidad en aquello que Pedreira llamó la nave al garete en los años treinta. Si en Insularismo hacía falta una brújula que llevara la nave hacia la grandeza, en la serie #RetoCuarentena, Carla abraza el algaretismo. La mariposa anhelada por Pedreira no revolotea en estas imágenes. Como la libélula, persiste en la incomodidad de una (im)posible síntesis de contrarios. Es en el algaretismo donde se atisba un arte soberano que reta la militarización del archipiélago puertorriqueño.
Judith Sierra-Rivera investiga y escribe sobre literatura, arte y cultura en el Caribe y las diásporas caribeñas en los Estados Unidos. En sus publicaciones, ha tratado el tema del militarismo y el cuidado reproductivo en relación con las construcciones de una masculinidad monga o endeble que opera contra preceptos patriarcales.
