
Es probable que los historiadores recuerden el ataque del 3 de enero de 2026 contra Venezuela, el secuestro de su presidente y la toma del país como el punto de inflexión que marcó el colapso definitivo del orden internacional posterior a la Segunda Guerra Mundial, a medida que el mundo se sumerge en una conflagración transnacional. La intervención de Estados Unidos en el Caribe se inscribe en la lógica más amplia de la crisis de época del capitalismo global, que también abarca la amenaza estadounidense de apoderarse de Groenlandia, los asesinatos perpetrados por el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (Immigration and Customs Enforcement, ICE) en ciudades estadounidenses, el genocidio en curso en Palestina, las guerras en Ucrania y Sudán, los bombardeos en Nigeria, los desplazamientos masivos y la apropiación de yacimientos minerales en el Congo, y otros acontecimientos que resuenan en todo el mundo.
En tiempos de crisis trascendentales, solo podemos comprender los acontecimientos si los situamos en su contexto histórico mundial. La posición de Estados Unidos como pilar hegemónico del capitalismo global lleva tiempo en el declive, a medida que el mundo se fragmenta en centros políticos y geoeconómicos rivales. Sin embargo, todos los países están integrados en un único sistema globalizado de producción, finanzas y servicios, en el que ningún estado, por poderoso que sea, puede controlar el proceso de acumulación global. El colapso del orden hegemónico en épocas anteriores de crisis del capitalismo mundial se caracterizó por la inestabilidad política, intensas luchas de clases y sociales, guerras y rupturas del sistema internacional establecido.
Hemos entrado de nuevo en un periodo de convulsión mundial. Entre los puntos de inflexión clave se encuentran la invasión rusa de Ucrania en 2022 y la respuesta política, militar y económica radical de Occidente a la misma, así como el ataque genocida de Israel contra Gaza a partir de 2023 y la complicidad de Occidente. Históricamente las grandes crisis del capitalismo mundial han implicado el colapso de la legitimidad del estado, conflictos sociales generalizados, convulsiones políticas y guerras. Pero la crisis actual no tiene precedentes, dadas las limitaciones sociales y biosféricas para una mayor expansión y el poder destructivo del arsenal global. Una crisis tan trascendental señala el declive irreversible de la capacidad del capitalismo para reproducirse a través del tiempo y el espacio. Las diferentes dimensiones de esta crisis —económica, social, política y ecológica— se están conjugando en una mezcla explosiva que genera conflictos en todas direcciones.
El genocidio de Gaza ha sentado un precedente de impunidad con el que las clases dominantes pueden desatar la muerte y la destrucción con total desprecio por cualquier ordenamiento jurídico.
En términos estructurales, el capitalismo global se enfrenta a una crisis de sobreacumulación, estancamiento crónico y una disminución en la tasa de ganancia que genera una intensa presión para la expansión. El sistema capitalista es, por naturaleza, expansionista, y los ciclos de crisis también conllevan oleadas de expansión violenta. La clase capitalista transnacional ha acumulado más riqueza de la que puede gastar, mucho menos reinvertir. En su búsqueda desesperada de donde descargar estos excedentes y abrir nuevos espacios para la acumulación transnacional, ha lanzado una nueva ronda de expansión depredadora en todo el mundo que implica la apropiación de mercados y recursos —especialmente energéticos y minerales— mediante la guerra, el desplazamiento y la represión. Estados Unidos, en su forma trumpista y más allá de él, en lo que denominaré el “trumpismo global“, es su instrumento descontrolado de esta ola expansionista.
El capital transnacional esta penetrando cada vez más en las zonas rurales de América Latina, donde la tierra y los recursos deben explotarse para alimentar esta expansión. Las comunidades campesinas e Indígenas autónomas constituyen barreras y deben ser despojadas. La “guerra contra las drogas” no tiene nada que ver con la lucha contra el narcotráfico, sino que sirve de pretexto para el uso de la violencia estatal y paramilitar con el fin de acceder a esta riqueza y contener la resistencia al saqueo. El genocidio de Gaza ha sentado un precedente de impunidad con el que las clases dominantes pueden desatar la muerte y la destrucción con total desprecio por cualquier ordenamiento jurídico.
Este es el contexto más amplio de la intervención estadounidense en Venezuela, concebida tanto como proyección de poder disciplinaria en América Latina como una apropiación de los recursos petroleros y minerales del país, y más allá de la región, como una demostración de fuerza en el escenario mundial. Como parte de su estrategia, el emergente estado fascista estadounidense busca normalizar el uso de la violencia más allá de sus fronteras con absoluta arrogancia e impunidad. La Estrategia de Seguridad Nacional de Trump para 2025 invocó un “Corolario Trump” a la Doctrina Monroe de 1823, dando prioridad al dominio del sector tecnológico y financiero mediante la reorientación del poder militar estadounidense hacia el hemisferio occidental, ampliando el acceso a recursos críticos y respaldando regímenes alineados con la agenda de Trump.
La tercermundización y el mercado global del petróleo
Si bien Venezuela es la primera víctima de la “Doctrina Donroe”, cabe señalar que la Revolución Bolivariana no ha sido ni democrática ni socialista. El estado venezolano se ha convertido en una maquinaria de saqueo y corrupción en manos de las élites políticas, militares y económicas. El gobierno ha reprimido cada vez más a los trabajadores al tiempo que modifica las políticas estatales para favorecer a los empresarios y ha abierto las puertas a la depredación corporativa tanto del capital transnacional chino como occidental. A medida que el estado adquiere dimensiones cada vez más mafiosas, las diferentes facciones chavistas se enfrascaron en feroces luchas internas por el poder, los feudos, y los derechos de saqueo. La recién nombrada presidenta interina Delcy Rodríguez y su hermano, el presidente de la Asamblea Nacional Jorge Rodríguez, parecen haber prevalecido sobre el ministro del Interior Diosdado Cabello y al jefe del Ejército Vladamir Padrino López, mientras las acusaciones de “traición” resonaban por Caracas tras la intervención, incluso por parte del hijo de Maduro, “Nicolasito”, quien prometió, según Associated Press, que “la historia revelará quiénes fueron los traidores”.
Es probable que Venezuela enfrente un periodo prolongado de inestabilidad y conflicto. Los inversionistas transnacionales necesitarán un estado fuerte y dócil para extraer hidrocarburos y minerales. Según algunos reportes, la CIA había evaluado, antes del 3 de enero, que era necesario preservar el chavismo y que Rodríguez era la persona mejor posicionada durante un periodo de transición para mantener cohesionados al estado y al aparato militar venezolanos, necesarios para proporcionar garantías de inversión al capital transnacional y ejercer control social ante el descontento generalizado y las protestas populares. Rodríguez, quien según se informa, mantenía negociaciones secretas con la Casa Blanca desde abril de 2025, anunció —al día siguiente de tomar posesión como presidenta interina del país el 5 de enero— que trabajaría con Washington en una “agenda de cooperación”.
Si los inmigrantes latinoamericanos en Estados Unidos son tan blanco del estado fascista como lo es la propia Latinoamérica, existe otro vínculo crucial entre la intervención estadounidense en Venezuela y la política interna. A medida que se agrava la crisis global, las clases trabajadoras de los países ricos que habían gozado de cierta protección frente a los peores estragos de la explotación están sufriendo ahora un proceso de “tercermundización”, en el que sus niveles de vida se están desplomando al comenzar a experimentar el desempleo, la precariedad y el empobrecimiento de sus homólogos del Sur Global. En un contexto más amplio, esta tercermundización es esencial para comprender la apropiación estadounidense de los recursos petroleros de Venezuela.
El ataque del 3 de enero contra Venezuela y la apropiación de su petróleo no es más que un intento descarado de mantener el petrodólar mediante la violencia internacional, la piratería y el fraude.
En 1974, tres años después de que Washington abandonara el patrón oro, Estados Unidos y Arabia Saudita llegaron al Acuerdo del Petrodólar, que estableció un mercado global del petróleo denominado en dólares. Durante medio siglo, la fijación de los precios del petróleo exclusivamente en dólares estadounidenses obligó al resto del mundo a vender y comprar petróleo en la moneda estadounidense, lo que convirtió al dólar en la moneda de reserva para el comercio y la inversión mundiales. Esto le otorgó a Washington una enorme influencia política y económica, permitiendo al Tesoro de Estados Unidos imprimir dólares para financiar el déficit y emitir billones de dólares en bonos que fueron adquiridos por inversionistas globales, lo que contribuyó así a mantener a flote la economía interna de Estados Unidos, elevó el nivel de vida nacional y estabilizó el orden social interno.
Pero el acuerdo entre Estados Unidos y Arabia Saudita expiró en 2024 y los saudíes no lo renovaron. Por el contrario, el bloque BRICS y otros países han estado comerciando cada vez más en monedas distintas al dólar estadounidense, mientras que el mercado petrolero global se ha alejado lenta pero constantemente de la denominación exclusiva en dólares. El fin de la hegemonía del dólar en los mercados financieros globales amenaza con desestabilizar toda la economía política interna estadounidense, provocar la hiperinflación y hundir el nivel de vida en Estados Unidos, condiciones que podrían desencadenar un malestar político y social generalizado.
El ataque del 3 de enero contra Venezuela y la apropiación de su petróleo no es más que un intento descarado de mantener el petrodólar mediante la violencia internacional, la piratería y el fraude.
El estado policial global
Si el mercado petrolero global es una parte de la saga caribeña, otra es la centralidad de las nuevas tecnologías digitales, lideradas por la inteligencia artificial (IA), para la economía y la sociedad global en su conjunto. Estas tecnologías y los multimillonarios que las controlan están impulsando una nueva y radical ola de reestructuración y transformación a nivel mundial. Las grandes empresas tecnológicas controlan todo el ecosistema del capitalismo digitalizado global, lo que confiere al capital tecnológico un enorme poder estructural que ahora se está convirtiendo en poder político directo a través del estado fascista. Las nuevas tecnologías digitales requieren una gran expansión de los centros de datos en Estados Unidos y en todo el mundo para impulsar la revolución de la IA, lo que exige un enorme aumento del suministro de electricidad lo que a su vez requiere la apropiación de recursos energéticos y minerales críticos como el litio y el cobalto.
A medida que se agrava la crisis del capitalismo global, el poder político se endurece y la desintegración social se extiende. La desigualdad y la privación a nivel mundial han alcanzado niveles obscenos y están provocando conflictos en todas partes. El aumento de la desigualdad, el empobrecimiento y la inseguridad socavan la legitimidad del estado, desestabilizan los sistemas políticos nacionales, ponen en peligro el control de las élites e impulsan formas de gobierno autoritarias, dictatoriales y fascistas. Los grupos dominantes se enfrentan ahora a una crisis de control social que está llevando a muchos países hacia el autoritarismo y el neofascismo. Nos adentramos en una era de guerras civiles e interestatales, agitación política permanente y caos absoluto.
En este sentido, el ataque de Estados Unidos contra Venezuela refleja la creciente importancia de la guerra y los sistemas de control social y represión transnacionales para la economía y la sociedad global en su conjunto. Un estado policial global en expansión, que va mucho más allá de los ejércitos nacionales, se manifiesta claramente en la militarización del Caribe por parte de Estados Unidos. La digitalización ha potenciado la capacidad de los estados para vigilar y controlar. La guerra misma se ha digitalizado. El estado policial global cumple un triple propósito para las clases dominantes. En primer lugar, es un instrumento de control social y represión en un momento en que los estados capitalistas se enfrentan a grave crisis de legitimidad, descontento masivo con el statu quo y una resistencia generalizada, tanto espontánea como organizada. En segundo lugar, el estado policial global es un instrumento para abrir nuevos espacios de acumulación atacando a los países y desplazando a las comunidades que impiden la apropiación de recursos, desde el Congo y Birmania hasta Palestina, Ecuador y ahora Venezuela. En tercer lugar, la inversión en sistemas de guerra, control social y represión proporciona una salida cada vez más importante para descargar el excedente de capital acumulado.
No es de extrañar que las acciones del sector de defensa se dispararan luego del el 8 de enero, cuando que Trump anunció que solicitaría un aumento del presupuesto militar estadounidense hasta los $1,5 billones, frente a los $901 mil millones previstos para 2026. Del mismo modo, las acciones de CoreCivic y GEO Group, dos de las principales empresas que gestionan campos de concentración privados y con fines de lucro para inmigrantes, se dispararon a medida que Trump intensificaba la guerra contra los inmigrantes y elevaba el presupuesto destinado a la lucha contra la inmigración a $170 mil millones. En todo el mundo, el gasto militar se está acelerando en medio de un panorama industrial sombrío y un estancamiento crónico de la economía civil. Se ha producido una explosión en el valor de las acciones de las empresas aeroespaciales y de defensa, que ha superado al índice S&P 500 en las últimas décadas, junto con nuevas inversiones masivas en empresas tecnológicas que se están orientando hacia las tecnologías digitales para la guerra y la represión.
En América Latina, los ejércitos de Brasil, Bolivia, México y Venezuela duplicaron su tamaño desde principios de siglo hasta la década de 2020. Los ejércitos de Centroamérica crecieron un 20 por ciento, el de Colombia se cuadruplicó y el resto de las fuerzas armadas de la región se expandieron en promedio un 35 por ciento. Esta acumulación militarizada y la acumulación por represión son parte integral de la economía política del fascismo. Avivan las brasas de una economía global que se hunde en un estancamiento a largo plazo, incluso cuando estos medios de acumulación aumentan las tensiones dentro y entre los estados. Venezuela se convierte así en un presagio alarmante de una nueva era de guerra global permanente.
El orden internacional “basado en reglas” establecido al final de la Segunda Guerra Mundial reflejaba el equilibrio de poder global del periodo de posguerra, con Estados Unidos como pilar hegemónico de un capitalismo mundial en expansión que disfrutó de varias décadas de prosperidad. Pero ese orden se convirtió cada vez más en un anacronismo a medida que la economía global desplazaba el poder económico hacia nuevos centros y el sistema entraba en una profunda crisis estructural, especialmente a raíz del colapso financiero global de 2008. El ataque a Venezuela representa el golpe de gracia para este orden. No es de extrañar que Trump retirara a Estados Unidos de más de 60 organizaciones internacionales el 8 de enero. “No necesito el derecho internacional”, declaró en una entrevista con el New York Times, añadiendo que su “propia moralidad” es “lo único” que lo frena en el ámbito internacional.
Eso no es cierto. La única fuerza capaz de frenar el trumpismo global y el sistema plagado de crisis que representa es la resistencia masiva desde abajo de las clases trabajadoras y populares de todo el mundo. Nuestra resistencia.
William I. Robinson es un profesor distinguido de Sociología, Estudios Globales y Estudios Latinoamericanos en la Universidad de California en Santa Bárbara. Su último libro es Epochal Crisis: The Exhaustion of Global Capitalism (2025).
