¿Qué formas de escucha hacen posible lo común en contextos de conflicto? Una aproximación a la escucha asilvestrada como práctica micropolítica frente a la violencia contemporánea.
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Del 3 al 13 de octubre de 2019, Ecuador atravesó un paro nacional, convocado por el movimiento indígena y varias organizaciones sociales, después de que el gobierno de Lenin Moreno anunciara la eliminación del subsidio al diésel en el decreto 883. Fueron días de fuerte represión y violencia en las calles, sobre todo en la ciudad de Quito. Once personas murieron en el contexto de las manifestaciones, algunas en enfrentamientos directos con la fuerza pública. Además, más de 1.500 resultaron heridas y más de 1.200 fueron detenidas. El día 11 de octubre, en cadena nacional, el entonces presidente Moreno convocó a la dirigencia del movimiento indígena, liderada por la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (CONAIE), a un diálogo directo para poner fin al paro nacional. En un comunicado el día siguiente, la CONAIE respondió que los pueblos indígenas insistían en la necesidad de que el diálogo en torno a la derogatoria del decreto no solo fuera directo sino también público. Sin embargo, la contrapropuesta quedó en suspenso.
A pesar de la convocatoria al diálogo, el mismo 12 de octubre, durante la marcha liderada por las mujeres de pueblos y nacionalidades indígenas, el gobierno impuso un toque de queda total en la ciudad de Quito a partir de las 15:00. Recuerdo cómo la noticia llegaba por mensajes de texto a destiempo, el rumor que se esparcía entre las personas que avanzábamos en la marcha por la avenida 12 de octubre hacia el parque El Arbolito, lugar emblemático de las manifestaciones. Recuerdo correr para poder llegar a casa, los mensajes a personas amigas y conocidas para ver cómo o dónde estaban, escuchar en la radio testimonios de quienes buscaban donde resguardarse ante la imposibilidad de volver a sus hogares. La represión recrudeció esa noche, sobre todo en las áreas en las que se concentraba el movimiento indígena. Para sorpresa de muchos, el día siguiente, aún en estado de excepción y con un toque de queda focalizado, se anunció un diálogo entre el gobierno y dirigentes del movimiento indígena, con mediadores y observadores sin intervención. Recuerdo la sensación de expectativa ante algo insólito: el diálogo sería transmitido en vivo.
Para sorpresa de muchos, el día siguiente, aún en estado de excepción y con un toque de queda focalizado, se anunció un diálogo entre el gobierno y dirigentes del movimiento indígena, con mediadores y observadores sin intervención. Recuerdo la sensación de expectativa ante algo insólito: el diálogo sería transmitido en vivo.
Desde el inicio del paro nacional, se hablaba con frecuencia de un cerco mediático. En las redes se discutía por quienes eran responsables de manipulación, sesgos y mentiras. Los medios comunitarios e independientes fueron fundamentales para expandir las narrativas de lo que ocurría. Contrastar transmisiones y mesas de opinión no dejaba de sorprenderme, era como vivir realidades paralelas. Por eso, la dimensión pública del diálogo era inquietante: al menos por un momento estaríamos viendo y escuchando lo mismo, sin solo un vector sobre lo que ocurría.
He preguntado a varias personas lo que recuerdan de ese día, de sus emociones, sensaciones e impresiones: ¿qué pensaron de aquel gesto? ¿creen que transformó el curso de las cosas? ¿qué les hizo falta? ¿qué escucharon? Algunas respuestas: “fue un ejemplo de libertad”, “fue increíble, el gobierno quedó pésimo”, “estaba escéptica, ¿qué tanto pueden decir realmente en un diálogo público?, “sentí que eso sí era democracia”, “los diálogos eran repetitivos y se notaba que era más un performance”, “fue loco, nunca pensé que se transmitiese un diálogo así”, “pensé que ahora sí iban a escuchar”, “los dirigentes no decían nada, no daban ninguna solución, solo decían no”. Vuelvo varias veces a ese momento, a ver la grabación, a hacer preguntas sobre cómo fue percibido ese diálogo público y directo. Apunto algunos gestos de esa noche.
La transmisión nos permitió escuchar desde otro lugar; provocó, al menos por un momento, una dislocación frente a la forma en la que habíamos estado percibiendo lo que ocurría en esos días. El diálogo empezó con un minuto de silencio para honrar las vidas de las personas asesinadas y ese silencio implicó un ejercicio de reconocimiento y duelo público. Los mediadores pidieron a las partes escuchar a pesar de las diferentes posiciones de cada grupo. Fueron presentados como autoridades tanto el presidente y los representantes del gobierno como los dirigentes del movimiento indígena. Y, en algún momento, se pidió que participara una mujer porque, para la paz, era importante la voz de las mujeres. Miriam Cisneros, dirigente del pueblo amazónico Sarayaku, le dijo a Moreno, “pido que nos escuches, señor presidente”; también “¿acaso no te duele?” Después de casi dos horas, se detuvo la transmisión por dos horas más hasta que se anunciaron los resultados de la negociación: se derogaba el decreto y se terminaban las movilizaciones y medidas de hecho.
Esa noche tiene muchas capas, pero me convoca de manera particular a pensar en la escucha:
¿Qué implica volver a un diálogo directo y público?
¿Qué conversaciones deberían llevarse a cabo de esa forma?
¿Escuchamos realmente lo mismo?
¿Con qué intención entramos en el acto?
¿Qué formas de escucha necesitamos para reorientar el sentido en momentos de alto conflicto?
¿Qué formas de escucha necesitamos para reorientar el sentido en momentos de alto conflicto?
Esa escena resonaba fuertemente con algunas preguntas que me venía haciendo mientras diseñaba el proyecto colaborativo de podcast e intervenciones sonoras Crónicas al borde. Como resultado de una investigación sobre lo testimonial, lo poético y lo documental en narrativas de no ficción para abordar las migraciones, empecé a pensar en crear dispositivos de escucha para abordar los sentidos públicos de historias personales, para narrar transformaciones y su relación con debates sociopolíticos contemporáneos. Los comentarios posteriores al diálogo transmitido subrayaban las complejidades de la percepción. La transmisión fue aplaudida y criticada. La decisión era para unos, democrática, y para otros, manipuladora. Algunos se acercaron al diálogo para confirmar lo que ya pensaban. En cierta medida, la polarización persistía.
Pero, sin duda, hay varios niveles de escucha en esa escena: ¿quiénes escuchan? ¿a qué? En esos días, leía también al filósofo Jean-Luc Nancy. En su libro Listening piensa la escucha como búsqueda de una verdad que no es evidente. “Shouldn’t truth ‘itself,’ as transitivity and incessant transition of a continual coming and going, be listened to rather than seen?” pregunta Nancy. Eso, continúa, implica que la verdad se vuelva menos algo que se identifica o aparece y más aquello que resuena y se desvanece en un eco hacia lo profundo del cuerpo. Aunque en el diálogo no se estableció una verdad identificable, me pregunto, ¿cuál sería esa verdad resonante?
En el paro nacional de 2022 durante el gobierno de Guillermo Lasso y en el del 2025 durante el gobierno actual de Daniel Noboa, como respuesta a medidas de ajuste económico y a una realidad cada día más precaria y violenta, la represión fue en aumento. La duración del paro también —18 días en el primero y 31 días en el segundo. Ningún presidente volvió a sentarse en una mesa de diálogo en esos días, menos aún se transmitió una mesa de negociación. Los sonidos de la represión del último paro todavía se sienten en el cuerpo; vuelvo a ese momento de escucha tan frágil en la escena del diálogo de 2019. ¿Qué significa escuchar cuando las condiciones mismas de audibilidad están atravesadas por relaciones de poder y violencia? ¿Qué tipo de escucha puede abrir, en lugar de cerrar, el horizonte de lo común?
Hacia una escucha asilvestrada
La escucha es un requisito para las relaciones democráticas. Con frecuencia, se asocia el voto a la voz. Cantamos y gritamos consignas en las marchas con la intención de que sean tomadas en cuenta. Se escucha en las cortes con el fin de hacer justicia. Ser escuchado significa participar de alguna manera en la construcción de lo común. Pero, la apertura de una escena de habla o manifestación no garantiza, necesariamente, la voluntad de escuchar. La relación entre el poder, el sonido y la escucha es mucho más compleja. Hoy cada vez más la tecnología nos permite elegir qué escuchar en medio de la maraña de ruido–—la expansión del efecto de los noise cancelling headphones—o entramos en ciclos de escucha algorítmica que segmentan lo que nos es audible. Las formas de escuchar se aprenden.
Ser escuchado significa participar de alguna manera en la construcción de lo común.
A la vez, lo sonoro nos sitúa, nos alcanza, entra a nuestro cuerpo siguiendo la ruta de la cóclea, nos atraviesa en su potencia vibrátil. Nos recuerda como cuerpos en relación. Lo sonoro hiere: bombas sónicas en la guerra, granadas aturdidoras en las protestas, sirenas y sonidos del despliegue de las tecnologías de control y vigilancia. Estas son algunas de las sonoridades del creciente autoritarismo, sostenido también en el control de medios, micrófonos y bots de desinformación. Asimismo, suenan repertorios de resistencia. Pienso, recientemente, en los silbatos usados en los barrios en Estados Unidos para alertar sobre la presencia del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas ICE y en los plantones escandalosos organizados afuera de hoteles para no dejar dormir a sus agentes. En las protestas en varios lugares y a través del tiempo: gritos, cantos, pasos, declaraciones y consignas. Y, también, en el silencio resonante y elegido utilizado en plantones como estrategia para denunciar y no ser acusados de provocación a las fuerzas represivas del Estado, ese silencio contrario al impuesto por la censura.
En Crónicas al borde nos interesa explorar, sobre todo, ese mundo de manifestaciones asociadas a la resistencia, jugar con los entramados que operan en nuestras formas de escuchar para poder construir otro tipo de relaciones a través de lo que nos es común, nos conmueve, nos atraviesa o nos saca del anquilosamiento. En nuestras prácticas de investigación-creación ponemos en el centro la pregunta por la escucha no solo como algo que nos acerca a lo que es o no percibido, sino también a las formas en las que hacemos algo audible o resonante. En el libro Justicia acústica, el artista y teorista de sonido Brandon LaBelle presta atención a las formas en que “el poder de las personas se configura y reconfigura a través de una relación con el sonido y la audibilidad, la sintonía, la interrupción y los arreglos que hacemos para escuchar algo diferente así como para escuchar de diferente manera”. Entiende a la justicia acústica como un asunto de “procesos materiales y prácticas sociales enfocadas en la construcción de solidaridad”. Así, la sitúa teóricamente como una cultura de generosidad y civilidad que tiene consecuencias en el poder, la economía de la atención y la organización de la vida política porque afecta la sensibilidad, orientación y capacidad de desplazarnos hacia otras respuestas—ya sean imaginarios, relaciones o ensamblajes. Este concepto me inquieta porque reúne no solo lo que escuchamos, sino la disposición a hacerlo y a permitir la posibilidad de que eso nos transforme.
¿Cómo escuchar los malestares contemporáneos, como diría la psicoanalista Suely Rolnik, para entenderlos como la potencia de vida amenazada que nos pide una acción transformadora?
¿A qué cosas o a quiénes debemos escuchar entonces? ¿Qué sería escuchar de diferente manera? ¿Cómo escuchar los malestares contemporáneos, como diría la psicoanalista Suely Rolnik, para entenderlos como la potencia de vida amenazada que nos pide una acción transformadora? ¿Cómo construir metodologías de investigación-creación orientadas a esa forma de justicia?
Pienso en una escucha asilvestrada, opuesta al monocultivo del poder, una escucha que se conecta con la resonancia de lo vital y que se abre a los intercambios necesarios para su persistencia. Una escucha asilvestrada:
irreverente [no complaciente]
desobediente [no oprimida]
disruptiva [no servil]
desorientadora [no sedentaria]
discolada [no estancada]
crítica [no domesticada]
Cristina Rivera Garza, en su libro Escrituras geológicas, habla de la investigación como una “práctica de imaginación y cuidado”. En esa línea, investigar es para mí prestar oreja o imaginar dispositivos propiciatorios para actos de escucha transformadora: escuchar algo diferente; escuchar lo inaudito para que, como sugiere la filósofa (y contribuidora a este número) María del Rosario Acosta López, se indague en su gramática como forma de interrumpir y subvertir borraduras, silenciamientos o encubrimientos; escuchar con atención para que lo impensado aparezca como una grieta a través de la cual se ensayen otras realidades. “El deseo es una pregunta cuya respuesta nadie sabe”, escribió el poeta Luis Cernuda. Y pienso en laescucha asilvestradacomo una pregunta cuya respuesta nadie sabe: un tránsito por sentidos construyéndose en colectivo como práctica micropolítica. Porque una pregunta nos abre a la expectativa de que algo venga de afuera, nos atraviese y nos permita transformar. Es un hilo en la espesura.
El mar de los sonidos sin nombre
En cada temporada de Crónicas al borde, elegimos un tema paraguas en el que percibimos un debate público altamente polarizado —migraciones, identidades, reproducción y cuidado de la vida– y producimos documentales, crónicas o ensayos sonoros para explorarlo. De igual forma, organizamos sesiones de escucha colectiva de cada historia. A veces caminamos mientras escuchamos, otras buscamos espacios para amplificar el sentido de lo que escuchamos. Situarnos al borde es tanto un espacio-tiempo para acercarnos a la transformación, como una apertura a las posibilidades narrativas y sonoras de lo vital. Estar al borde abre una pausa para disponernos a la escucha y, por ende, al desplazamiento. Entendemos el trabajo con el sonido como una forma de lectura, de atención crítica y creativa. Las sutilezas de las disposiciones acústicas y los sonidos como huellas de actantes que a veces no podemos ver, vuelven la escucha una práctica de rastreo, de aceptación de lo que no se conoce y de un silencio que nos acerca a otras formas de habitar el mundo.
En “El mar de los sonidos sin nombre” (2023), ensayo sonoro producido y guionizado por el artista mexicano Fernando Martín Velazco y con diseño de sonido del músico ecuatoriano Pablo Molina Suárez e ilustración de Cristina Yépez (cardenilla) en la Temporada 2: Identidades, se disputa la premisa del mar como un mundo silencioso que titula el libro de Jacques Cousteau y de Frederic Dumas de 1953. El ensayo nos sumerge en la escucha de ese mundo mediante el uso de hidrófonos durante expediciones en barco y kayak en el Golfo de California. Las salidas le permitieron a Velazco registrar sonidos de diferentes especies en varios lugares y horarios. Estas sonoridades, al igual que la revisión de literatura científica, testimonios y registros sonoros de investigadores y gente de mar, son parte del tejido que su narración propone. Aquí se pregunta: ¿hasta qué punto nuestros sentidos afectan cuestiones que damos por sentadas cotidianamente como nuestra percepción, nuestras ideas de otros y nuestra auto-conciencia? ¿Puede la experiencia de un entorno ajeno llevarnos a formas anómalas de significación y de experiencia de lo real?Después de guiarnos por la escucha de un paisaje submarino, casi imperceptible para el oído humano, aparece el chasquido de una mujer que nada en el mar y la voz narrativa nos conduce al extrañamiento de pensar en el sonido que provocamos y de qué manera puede ser entendido ahí donde todavía no ha sido nombrado. Como narra Velazco, ese rumor marino nos sitúa:
Cada mañana, la mujer que nada se sumerge en esa reverberación. Una brazada, otra, y otra, y otra más, durante un periodo de poco más de una hora; sorteando el litoral como la tortuga que aletea aprovechando las corrientes. No teme ser arrojada al piélago profundo, pues sabe flotar a la deriva sin perder la calma, usar sus piernas para mantener la dirección y el equilibrio, deslizarse con oscilaciones de su cuerpo, sin esfuerzo. En su destreza insumergible, la criatura se suspende en el flujo del torrente coralino, y bordeando coliflores y abanicos, alcanza el taburete pétreo de los erizos colorados y la estrellas índigo, distinguiéndolas en una posición distinta a la de la mañana anterior. Ese firmamento inverso produce su propio rumor velado, su cosmografía audible.
Y ese sonar en el agua, a la mujer que nada ¿qué le dice de lo que puede ser?
Este ejercicio de divulgación científica y especulación usa herramientas de la ecología acústica y nos invita a reorientar nuestra percepción; pero también habla del discurso del poder que adoquina ese mar insondable porque no lo escucha. Ese poder aparece en el mar como huella sonora en el tumulto de un crucero acercándose hacia el final. “El mar de los sonidos sin nombre” es parte de un proyecto más amplio que se llama Tinnitusde Stultifera Navis y Loreto SoundLab, un ciclo de investigación sonora realizado a partir de procesos de escucha a la deriva en contextos submarinos. Como parte del proceso, se desarrollan narrativas sonoras para puestas en vivo y con visibilidad mínima que expongan al público a la escucha del mundo submarino. Este proyecto está articulado a la movilización y organización en Loreto, Baja California en contra de cruceros —especialmente durante la temporada de ballenas azules que llegan a Loreto a alimentarse y reproducirse. Imperceptibles en la superficie, las ballenas azules son los animales más grandes del mundo y las embarcaciones grandes y sus ruidos afectan su salud, especialmente en zonas tan delicadas de su ecosistema.
Un crucero es una invasión.
Como sostiene la filósofa de ciencia Vinciane Despret, siguiendo el trabajo de varios etólogos en su libro Habitar como un pájaro, los territorios son siempre adyacentes: “No encontramos un territorio ‘en medio de la nada’, o en todo caso sería una excepción. Están siempre en copresencia con otros territorios, son siempre vecinos”.Somos siempre vecinos.
La escucha de un río hacia el mar
Pienso en una escucha asilvestradaque quiere explorar relaciones, irrumpir en las infraestructuras que sostienen la violencia para reorientarlas. De igual manera, en las formas de construir dispositivos para amplificar la escucha de varios materiales como abonando un terreno de sentido. El primer episodio de la Temporada 3: Reproducción y cuidado de la vida de Crónicas al borde se llama “Machángara: entre la cangahua y la arena” (2025) y fue producido y guionizado por Byron Toledo, artista ecuatoriano, y por mí, con diseño de sonido de Molina Suárez e ilustración de Yépez (cardenilla). Tomamos como punto de partida algo que se repite con mucha frecuencia sobre el río que recorre por 22 kilómetros la ciudad de Quito: el Machángara es un río muerto.
Declarar un ecosistema muerto favorece la imposición de nuevas lógicas de usos de suelo y dinámicas territoriales, como si fuese un lugar sin memoria ni posibilidad de futuro. Pero, la historia del Machángara tomó otro rumbo: en 2024 se presentó una acción de protección del río, en el marco de los derechos de la naturaleza en Ecuador, que buscaba reconocerlo como sujeto de derechos y ordenar al municipio trabajar en su descontaminación. Este proceso legal, cuya sentencia resultó favorable al río, es el resultado de la movilización y organización de muchos colectivos ciudadanos que han insistido en la restauración de este río que empieza en el cerro Atacazo, a más de 4.000 metros de altura, y cuyas aguas desembocan en el mar.
En la investigación nos preguntábamos cómo documentar e imaginar otras relaciones con el río. Y esa búsqueda nos llevó a la escucha no solo de quienes viven o recuerdan otras relaciones con este cuerpo de agua, sino también de las sonoridades de quebradas, documentos, noticieros, plantones a favor del río, poemas, canciones. Un trabajo de, como diría Rivera Garza, desedimentación y escritura geológica: “El que rescribe geológicamente inacaba el pasado: no confirma el estado de las cosas, sino que las interroga; no perpetúa los vectores del poder, sino que los desvía.” Descender quebradas en diferentes puntos del trayecto del río para verlo, escucharlo, olerlo; sentir la potencia de vida de su ecosistema, a pesar de recibir más del 90 por ciento de las aguas residuales no tratadas de la ciudad; hurgar como quien se mueve entre capas de sedimentos para entender que lo que se proyecta como sueño para el río es también una memoria de otras relaciones con los cuerpos de agua. Sofía Luzuriaga, historiadora e investigadora ecuatoriana de la relación de la ciudad de Quito con el agua, nos recordó en ese recorrido que en el tiempo andino el pasado está adelante y es también esa onda sonora que nos atraviesa y nos regresa al recuerdo de nuestros cuerpos sumergidos en agua. Dice Luzuriaga:
Cuando tienes una serie de voces, que además no tenían micrófono, pero tú agudizas tu capacidad de escucha a los murmullos, a la gente que no tenía megáfono, entonces, tienes de repente una efervescencia de otro tipo de voces que te pueden dar distintas ideas de pasado vivido y, por lo tanto, distintas posibilidades de futuro. Porque el futuro no está adelante. En el tiempo andino, el pasado está adelante. La memoria puede llevarte a recordar elementos que el discurso, el grandote discurso del progreso y de la modernidad, quisieron que te olvides.
Porque escuchar colectivamente es un acto político que nos reencuentra con el deseo, una desorientación que nos vuelca a prestar atención a los malestares, a la pulsión vital y, por tanto, a la defensa de la vida.
Lo que escuchamos nos situa en relación con lo que nos rodea, con las temporalidades que nos atraviesan, con lo que aún no alcanzamos a nombrar. Nos reorienta hacia la colectividad. En The Uses of the Erotic, la poeta y filósofa feminista Audre Lorde se refiere al conocimiento de lo erótico como un acto de escucha profunda: “a lens through which we scrutinize all aspects of our existence, forging us to evaluate those aspects honestly in terms of their relative meaning to our lives.” Así, Lorde reestablece el poder de lo erótico, sobre todo femenino, frente al lugar de temor que tiene en una sociedad patriarcal, racista y antierótica. Imagino el vínculo entre lo erótico y la escucha como una reorientación de nuestra percepción hacia lo vital; por eso, como dos potencias que el autoritarismo intenta interrumpir. Actos de escucha pública como el que abre este ensayo son cada día más insólitos y temidos por el poder. Porque escuchar colectivamente es un acto político que nos reencuentra con el deseo, una desorientación que nos vuelca a prestar atención a los malestares, a la pulsión vital y, por tanto, a la defensa de la vida.
De ahí la importancia de hacer ruido, abrir contra narrativas, generar pensamiento de manera colectiva y disponernos a interrogantes como quien se acerca a un poema. El poeta peruano Mario Montalbetti dice que “leer un poema… es como subirse a un submarino / en medio de la noche / y realizar una inmersión bastante profunda / en un mar poco transparente”. ¿Cómo sería esa navegación en la penumbra por el sentido del escucha? Quizás como seguir ese hilo en la espesura que nos reorienta y que nos sitúa, que altera las dinámicas del poder, que nos conecta a lo erótico y que lo hace resonar para que algunos no les deje dormir.
Giulianna Zambrano Murillo escribe y produce narrativas sonoras. Es docente de literatura y escritura creativa de la Universidad San Francisco de Quito USFQ, Ecuador. Además, dirige el proyecto colaborativo de podcast e intervenciones sonoras Crónicas al borde y co-dirige el laboratorio de pensamiento-creación, pedagogías y debates sociopolíticos Arte+Activismos en la USFQ.