
Con excesiva normalidad en las calles, mercados y en la vida cotidiana se digieren los discursos de Trump sobre Venezuela. En los mercados ya no se ven las recurrentes “compras nerviosas” que brotaban en cada coyuntura. Tampoco la fricción con el “imperio” es un tema de debate en las conversaciones diarias, y cuando lo es, el tono es más bien de burla y mofa.
El pasado fin de semana, el famoso reguetonero Nicky Jam llenó un nuevo y moderno estadio de béisbol, un evento al que asistieron miles (quizá decenas de miles) de personas, lo que da cuenta que la vida sigue sin aspavientos. No obstante, también hay imágenes inusuales, como videos de tanques de guerra trasladados en el metro, convocatorias a entrenamientos bélicos y militares que custodian puntos neurálgicos.
El venezolano parece estar ya acostumbrado al conflicto y a una amenaza exterior que, militarmente hablando, al menos hasta ahora, nunca llega a nada.
Este lunes 29 de septiembre, el Presidente Nicolás Maduro firmó un decreto de estado de conmoción exterior, una herramienta prevista en la Constitución, que puede activarse ante amenazas de fuerzas extranjeras. No obstante, aun no se conoce el impacto que pueda tener en el día a día.
En todo caso, nada de esto lleva al paroxismo. El venezolano parece estar ya acostumbrado al conflicto y a una amenaza exterior que, militarmente hablando, al menos hasta ahora, nunca llega a nada.
Esta tranquilidad diaria se opone diametralmente a lo que ocurre en el mar Caribe, donde la marina estadounidense ha desplegado una flota de destructores, barcos anfibios, un submarino nuclear, misiles Tomahawk, y un avanzado sistema de radares y tecnología para operaciones teledirigidas. Diez aviones F35 (la tecnología militar más avanzada), están dispuestos en Puerto Rico, una isla fronteriza al norte de Venezuela.
Lo peor es que no ha habido solo un “despliegue”: ya hay un repertorio de hechos. Según el propio presidente Trump, tres botes,o peñeros, como se les conoce a las pequeñas embarcaciones para la pesca artesanal, presuntamente usados para trasladar narcóticos, fueron bombardeados por aviones estadounidenses hace unos días, lo que ha resultado en al menos 17 muertos. Además, el 13 de septiembre, pescadores denunciaron que un barco atunero fue interceptado y abordado por marines provenientes de un destructor. Caracas ha denunciado que buques y aviones estadounidenses han traspasado los límites de Venezuela.
No menos inquietantes son las decisiones de Washington, que desde agosto aumentó la recompensa por la captura del presidente venezolano a cincuenta millones de dólares, una cifra mucho mayor a la ofrecida en su momento por Bin Laden. También la declaratoria de “narcoestado” hace pensar que el problema de Washington no es solo con un presidente, sino con toda una “estructura”. Esto implica que para enfrentársele hace falta mucho más que una simple “extracción”, como la que sucedió en Honduras con el ex presidente, Juan Orlando Hernández, extraditado en 2024.
Esta historia no es nueva
Pero toda esta parafernalia discursiva de Washington y el despliegue militar luce diluido ante un venezolano incrédulo que no parece esperar un ataque inminente. Y es que esta historia no es nueva. Desde 2015, el expresidente demócrata Barack Obama declaró la situación en Venezuela como una “amenaza extraordinaria e inusual” y, a partir de la primera Administración de Donald Trump, se planteó abiertamente, como escenario posible, una invasión militar.
En 2018, Trump respondió que “todas las opciones están sobre la mesa” y en 2019, la figura de un “presidente paralelo”, Juan Guaidó, estuvo respaldada por más de 50 gobiernos occidentales y una andanada diaria de amenazas de parte de estos. Quizá el momento cumbre fue en febrero de 2019, cuando los entonces presidentes de Paraguay, Colombia y Chile se apostaron en la frontera colombo-venezolana y alentaron una incursión de venezolanos exiliados con el pretexto de ingresar ayuda humanitaria.
Cada una de estas acciones permitía que el venezolano común se adaptara a una vida en la que, los fracasos de la oposición nacional e internacional a Maduro solo lograban afianzarle y justificar el endurecimiento de sus posiciones.
A esto se suma la incursión marítima en mayo de 2020, llamada Operación Gedeón, donde exmilitares venezolanos y mercenarios estadounidenses fueron repelidos y capturados. Cada una de estas acciones permitía que el venezolano común se adaptara a una vida en la que, los fracasos de la oposición nacional e internacional a Maduro solo lograban afianzarle y justificar el endurecimiento de sus posiciones.
“El lobo nunca llegó”
Para comprender la actual tranquilidad del venezolano, también hay que recordar cómo los medios internacionales prepararon durante años, desde 2015 a 2020, a la opinión pública mundial para una inminente invasión, mientras el venezolano lo veía todo desde su pantalla mientras almorzaba o preparaba café. Los medios de venezolanos exiliados en Miami también generaban la idea de una pronta intervención por parte de los marines y de una “tábula rasa” contra el chavismo, lo que implicaba una verdadera guerra civil. Ahora también lo hacen, pero con un inmenso grado de descrédito, ya que “el lobo nunca llegó”.
Por otro lado, el sistema de sanciones económicas de la primera Administración de Trump sí logró agravar la crisis económica a partir de 2017. Aunque la inflación actual afecta el poder de compra, sus efectos son incomparables con aquellos años de desasosiego que produjeron millones de emigrantes y una escases alimenticia que ha sido superada. La crisis actual está más controlada y la dolarización genera, paradójicamente, cierta estabilidad monetaria.
Además, la oposición ha perdido su capacidad de movilización y las calles de Venezuela ya no están sobresaltadas por la conflictividad sociopolítica de entonces que se presentaba en forma de manifestaciones políticas o incluso de saqueos como lo describí en aquella ocasión. Es cierto que en las anteriores elecciones presidenciales de 2024, la forma como el gobierno se declaró ganador generó al menos dudas razonables sobre su triunfo, lo que produjo grandes manifestaciones incluso en los territorios dominados por el chavismo. Pero también es cierto que la actual situación de “amenaza imperial” le ha permitido a este movimiento fortalecerse y movilizarse para enfrentar una invasión militar estadounidense, algo mucho más contundente que una movilización opositora.
En fin de cuenta, cada amenaza fortalece a Maduro, o parafraseando una frase popular venezolana: los últimatum “no preñan”.

Un teatro de operaciones
Así las cosas, el despliegue prebélico de EE.UU. no genera muchas expectativas en el venezolano común. La invasión de Panamá en 1989 movilizó a 30 mil efectivos, mientras que el contingente actual no llega a los 5 mil marines. A diferencia de Panamá, el ejército venezolano lleva 20 años preparándose para una “guerra de guerrillas” y cuenta con aliados militares de peso geopolítico.
Otro punto en contra de una intervención militar es que los gobiernos de Brasil y Colombia, países con la frontera más extensa con Venezuela, no parecen prestarse para una actividad de este tipo, lo que obligaría a un desembarco marítimo que podría generar cuantiosas pérdidas para los invasores.
Claro el poderoso Estados Unidos cuenta con otras opciones. Con los avances tecnológicos vistos en conflictos recientes como los de Siria, Irán o Catar, se abre el escenario para ataques “quirúrgicos” que podrían generar un vacío de poder y un posterior cambio de gobierno. Sin embargo, para que eso ocurra, tendría que existir una fuerza de oposición lo suficientemente fuerte en términos de movilización ciudadana y militar para estabilizar un nuevo status quo, y este no parece ser el caso en Venezuela, donde la oposición luce dividida y neutralizada.
Este último escenario parece aun menos probable si se toma en cuenta que la más reciente decisión financiera de la segunda Administración Trump, del mes de julio, ha sido otorgar una licencia a Chevron para que comercialice el crudo venezolano. Mientras que el presidente de Estados Unidos pareciera querer hacer del Caribe un nuevo “Medio Oriente”, bombardeando barcazas, interceptando atuneros y repletando el mar de destructores, los venezolanos están viendo a buques, fletados por Chevron, exportando petróleo nacional.
La OPEP ha reconocido que Venezuela ha aumentado su producción de petróleo que ya roza el millón de barriles diarios, algo que no ocurría desde hace casi diez años. Todo esto indica una reactivación de facto de las relaciones petroleras con Estados Unidos, lo que genera dudas sobre la finalidad real del teatro de operaciones en el Caribe.
Como se sabe, con Trump cualquier cosa podría ocurrir. Sin embargo, los venezolanos no tienen expectativas ni miedo a la indeterminación trumpista. En las calles ya ha comenzado a sonar la gaita, la música tradicional navideña por excelencia. Los estudiantes ya iniciaron un nuevo año escolar y el tema de una intervención comienza a salir de la agenda mediática. Volvió Trump y volvió la amenaza, pero la seriedad de sus fanfarronadas se va diluyendo. Por el contrario, Maduro va ganando espacio y, para el venezolano, esto, al menos por ahora, es más de lo mismo: nada que genere insomnio o largas filas para abastecerse.
Así está Venezuela.
Ociel Alí López es sociólogo, ganador de los premios Clacso/Sida para jóvenes investigadores y del premio municipal de literatura de Caracas. Es profesor de la Universidad Central de Venezuela y escribe sobre América Latina.
