Las dimensiones del cambio en Bolivia

La llamada “emergencia indígena” combina, sin duda, tendencias a la revalorización de la autoestima étnico-cultural con contratendencias a una modernización que conlleva una matriz de consumo globalizada.

Pablo Stefanoni

 

Este artículo se publicó por primera vez en Lasa Forum: Winter 2014: Volume XLV, Issue 1. Publicado con autorización.

Desde que Evo Morales asumió la presidencia boliviana el 22 de enero de 2006—primero en las ruinas de Tiwanaku y al día siguiente en la ceremonia oficial en el Parlamento—Bolivia vive una serie de transformaciones que retoman una tradición profundamente inscripta en su cultura política: el antiliberalismo, sustentado en un ejercicio corporativo de la ciudadanía. Pero desde antes de este nuevo ciclo político, iniciado a partir de fuertes convulsiones sociales, esta nación andino-amazónica viene experimentando una reconfiguración de su estructura social, mediante procesos de movilidad social ascendente, especialmente transitados por sectores comerciales populares de origen indígena-mestizo. En ese marco, Bolivia vive, a su escala, un proceso de inclusión socio-simbólica mediante el consumo similar a otros países de la región, que constituye una de las fuentes de legitimidad del “nacional-populismo” vigente. En gran medida, estos procesos de desborde económico popular están asociados a redes de “globalización desde abajo,” motorizada por los vínculos crecientes con China.*

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Admiradora de grupo de k-pop SS501 (radiopachamama.com)

Una faceta interesante de estos procesos es que los mismos no son lineales, y las interconexiones entre dimensiones materiales y simbólicas presentan pliegues y recovecos que no siempre resultan fáciles de descifrar en tiempo real. La llamada “emergencia indígena” combina, sin duda, tendencias a la revalorización de la autoestima étnico-cultural con contratendencias a una modernización que conlleva una matriz de consumo globalizada, inclusive en la esfera cultural. La llamada “ola coreana” es uno de sus componentes. Ahí están, por ejemplo, las populares telenovelas del país asiático y el exitoso k-pop que atrae a miles de jóvenes bolivianos de extracción popular. En ese marco, no puede sorprendernos que los procesos de indianización y desindianización de la sociedad sean contextualizados, inestables y a menudo contradictorios. (No incluimos aquí los procesos de expansión del evangelismo entre los indígenas, y las reconfiguraciones modernizantes de la comunidad propiciadas por los “hermanos.”)

Un ejemplo de ello es el último Censo de población de Bolivia, realizado el 21 de noviembre de 2012, cuyos resultados se conocieron este año. De manera sorprendente—y paradójica si asumimos que Bolivia está regida por un gobierno indianista—la población mayor de 15 años que se autoidentifica con un pueblo originario bajó del 62 por ciento (según el censo de 2001) al 42 por ciento actual. Aún no existen explicaciones exhaustivas de estos cambios, sino hipótesis provisionales. Hay varias entradas posibles, aunque aún son especulaciones más o menos sustentadas mientras no contemos con estudios y datos más desagregados.

Desde las aceras liberales y nacionalistas está operando una suerte de “venganza del mestizaje”: a partir de la lectura algo apresurada de que quienes no se identificaron con ningún pueblo originario se considerarían automáticamente como mestizos, se propone revertir el Estado plurinacional y retornar a la República (mestiza) de Bolivia. Desde el indianismo/katarismo opositor se especula con teorías conspirativas: como el gobierno del MAS “es antiindígena” habría buscado que la población indígena se reduzca para impulsar su proyecto “nacionalista recolonizador” (la polémica carretera por el TIPNIS sería un ejemplo de ello). Como se ve, hay opciones para todos los menúes.

Otro argumento es el “aumento de la clase media” o de las autopercepciones de pertenecer a ella que surgen de algunos estudios. Varios gobiernos de la región junto al Banco Mundial están contribuyendo a alimentar el mito de la clasemediarización del mundo. En Brasil, paradigma de esa transformación, muchos de los intelectuales del PT no aceptan, sin embargo, el discurso oficial sobre la explosión de las clases medias, y ensayan otras interpretaciones centradas en nuevas categorías de trabajadores. En muchas de las visiones sobre el auge de las clases medias se termina por invisibilizar por completo las clases trabajadoras, viejas y nuevas, y clase media deviene un concepto ideológico cargado de valoraciones positivas hacia el “justo medio.”

Pero volviendo al censo, también es posible que hayan incidido las variaciones en la pregunta. En 2012 se preguntó: Como boliviana o boliviano, ¿pertenece a alguna nación o pueblo indígena originario campesino? Si-NO ¿a cuál? (lista de 36 pueblos, con la instrucción al encuestador de “no leer al entrevistado” dicho listado). Entretanto, en 2001, la pregunta había sido diferente: ¿Se considera perteneciente a alguno de los siguientes pueblos originarios o indígenas? Las opciones eran quechua, aymara, guaraní, chiquitano, mojeño, otro nativo, ninguno (y el censista sí debía leer las opciones).

La nueva Constitución incluyó a la categoría “IOC” (Indígena-originario-campesino) como una solución aritmética a las complejas interrelaciones entre identidades étnico-sociales; muchos campesinos—una adscripción popular muy importante en Bolivia desde los años cuarenta—no se sienten contenidos como indígenas aunque a menudo utilicen esa identidad de manera contextualizada o como “esencialismo estratégico.” En este sentido, hay que remarcar que el actual es un gobierno en muchos sentidos más campesino que indígena y en la última década operó una “campesinización” de la indianidad que construye fronteras frente a los indígenas urbanos en un contexto en el que ya la mayoría de la población vive en ciudades o pueblos. La cuestión en este punto es sencilla: para llegar al 62 por ciento fue necesario construir una indianidad muy laxa, que incluía a los urbanos y los campesinos, a pobres y ricos, a empresarios y trabajadores. Parte de esa generalidad se perdió con la fórmula “IOC” que aunque es una suma termina ruralizando discursivamente el ser indígena.

Dicho esto, cabe destacar que la popularidad y la capacidad hegemónica de Evo Morales se basa, precisamente, en que su indianidad “impura”—asentada en una cultura sindical—expresa a esta Bolivia popular “abigarrada,” que combina formas comunitarias “ancestrales” con capitalismo salvaje, a veces en un mismo espacio, como la Feria 16 de Julio en la ciudad de El Alto.

Evo Morales reactualizó, así, un antiliberalismo que desde los años treinta, con un punto culminante en la década del cincuenta—tras la Revolución Nacional de 1952 y rebotes en los primeros setenta y ochenta—se propone construir formas de “democracia funcional” basada en un tipo de ciudadanía no-liberal mediada por las adscripciones gremiales/corporativas. A ese horizonte—que convive, de todos modos, con una democracia representativa efectiva y que tiene como condición de posibilidad el liderazgo fuerte de Morales—el oficialismo lo denominó “gobierno de los movimientos sociales.” La legitimidad de tal esquema se basa, además, en un contexto económico de bonanza desconocido en la historia boliviana, que provee al gobierno de ingentes recursos para aumentar la inversión pública y expandir las políticas sociales. También para embarcarse en proyectos cargados de simbología, como la construcción del Satélite Túpac Katari (en China), que será lanzado al espacio el 20 de diciembre de 2013.

Es, en nuestra opinión, en esta clave de lectura que hay que leer los avances de los últimos años en esta nación andino/amazónica así como las visibles inercias del pasado y los límites internos a las perspectivas refundacionales ancladas en el no menos complejo y contradictorio proceso constituyente, que dio forma jurídica a la actual “Revolución democrática y cultural.”

 


 

*  “Esta alianza [sino-boliviana por abajo] se alimenta también de complicidades mutuas, a partir de un origen rural compartido o de la vivencia de operar fuera de los circuitos de la formalidad. Se tejen así otras dimensiones interculturales en el marco de una relación de ida y vuelta. Al inicio, fueron los comerciantes aymaras los interesados en viajar a la China en busca de negocio; después, los representantes fabriles chinos empezaron también a viajar a Bolivia para entender mejor las dinámicas económicas locales y mejorar las estrategias de producción. Y no tardaron en utilizar los canales locales de distribución y provisión, que se asientan en redes familiares reproducidas a partir de eventos sociales de gremios y fraternidades religiosas”. Las importaciones desde China se multiplicaron por diez desde 2003 hasta 2011 (Nico Tassi, Carmen Medeiros, Antonio Rodríguez-Carmona, Giovana Ferrufino, “‘Hacer plata sin plata’: El desborde de los comerciantes populares en Bolivia”, La Paz: PIEB-Reino de los Países Bajos, 2013).

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