“¿A esos niños se les enseña de Dios? ¿Se les enseña la Biblia, ellos le creen a Dios?”. El 21 de mayo de 2024, Iván Ruiz, conductor del Show del Mediodía, uno de los programas de televisión más vistos en la República Dominicana, hizo estas preguntas al grupo infantil de danza de la Fundación Cultural Herencia Viva de Mata de los Indios, que había asistido al programa con la intención de presentar sus danzas afrodominicanas. “Me quedé en shock”, rememoró Lisaury del Rosario, directora y coreógrafa del grupo. Ruiz, quien también es funcionario del gobierno, pues dirige la Corporación Estatal de Radio y Televisión, había advertido fuera de cámara que “él no iba con esa cultura...Dijo: 'que entren rápido y que se vayan'”, agregó del Rosario en una denuncia pública. El grupo no danzó y apenas duró 80 segundos frente a las cámaras.
El grupo esperaba realizar una presentación artística en el programa, como parte de un esfuerzo para recabar apoyos para asistir al Festival Fiesta del Fuego de Santiago de Cuba, al que había sido invitado. Los productores les habían consultado si tenían previsto bailar Gagá, música vinculada a una festividad religiosa de origen africano celebrada tanto en Haití como en República Dominicana. Del Rosario había aclarado que bailarían otros géneros. De todas formas, Ruiz inquirió, al aire, si bailaban merengue, género popular elevado a la primacía nacional durante la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo. De forma poco disimulada, las preguntas sobre Dios y el merengue ponían en duda que las niñas fueran realmente dominicanas.
Mata de los Indios es una comunidad con una viva tradición cultural en Santo Domingo Norte. De allí son oriundas figuras legendarias de la música afrodominicana como Enerolisa Núñez, cantante de Salves, y el finado Sixto Minier, conocido como Padre de los Congos por su importante rol en los Congos de Villa Mella, organización reconocida por la UNESCO como parte de su lista de Patrimonio Cultural Intangible de la Humanidad. Herencia Viva, el grupo que dirige Lisaury, trabaja sin sede ni financiamiento estatal, pero ella está convencida de que su trabajo es una forma de prevenir la violencia y “luchar para que la cultura no se pierda”.
Las preguntas de los productores sobre el Gagá pudieron estar motivadas por preocupaciones legales. El reglamento 824 que rige la Comisión Nacional de Espectáculos Públicos y Radiofonía (CNEPR), un organismo censor creado en 1971 por la dictadura de Joaquín Balaguer, censura las danzas africanas. Uno de sus artículos establece que “[las] rumbas, danzas africanas, streap-tease y todos los bailes que sean considerados atentatorios a la moral y al pudor público” no pueden presentarse en la televisión o en espectáculos en cuyo público haya menores de edad. El reglamento encarga a la CNEPR impedir los “espectáculos públicos y emisiones radiofónicas que ofendan la moral, las buenas costumbres, las relaciones con países amigos y en general que puedan ser perjudiciales a los principios y normas del pueblo dominicano”. En tal sentido, las danzas afrodominicanas están legalmente restringidas por ser consideradas antinacionales e inmorales.
Ha habido intentos de modernizar la CNEPR. En 2005, el presidente Leonel Fernández emitió un decreto para reemplazar el reglamento 824. Pero persistía su contenido censurador, llegando a prohibir contenidos anarquistas y ofensas al culto oficial de los héroes nacionales. Ante una fuerte oposición, fue derogado en dos semanas y se restituyó el reglamento 824. En 2021 se anunció otra reforma, pero no se llevó a cabo. Un proyecto de “Ley de Libertad de Expresión”, presentado por el presidente Abinader en abril de 2024, derogaría el reglamento 824 y disolvería la CNPER, reemplazándola por un nuevo organismo regulador con tareas adicionales, como monitorear las publicaciones en internet. Sin embargo, la nueva ley, cuyo texto no ha sido divulgado, no ha sido aprobada por el Congreso. Sigue vigente el reglamento 824 que prohíbe televisar danzas africanas.
Censura al servicio del control político
Clara Morel, presidenta del Sindicato de Teatristas de República Dominicana, considera que el reglamento 824 fue concebido para controlar actividades con tradición contestataria como la locución radial y el teatro. “El esquema de regulación en el fondo tenía que ver con el control político”, explica. De hecho, la ley 1951 que crea la CNPER prohíbe la proyección de películas en las que trabajen artistas comunistas o que se perciba que promueven el comunismo. Morel recuerda otras tradiciones de origen africano, como el grupo de teatro danzante Los Guloyas, que sufrieron persecución en la primera mitad del siglo XX, basada en la noción de que las tradiciones de origen africano son extrañas a la cultura dominicana. “Tenían que solicitar una autorización en un destacamento policial para realizar sus recorridos”, apunta.
El Vudú también es criminalizado por la Ley 391 de Trujillo. La asociación sin fines de lucro Identidad Dominicana presentó recientemente un recurso de inconstitucionalidad contra esta ley. El recurso está pendiente de fallo desde abril de 2024, pero sectores ultraconservadores vinculados al gobierno han salido a defender públicamente la Ley 391. En septiembre, el dirigente evangélico Ezequiel Molina afirmó que el Vudú debe continuar siendo ilegal por tratarse de un “culto satánico que practican en Haití...somos un país cristiano. [Legalizarlo] sería la peor maldición”, tuiteó el religioso.
Otro legado de la dictadura de Trujillo es el Concordato con la Iglesia Católica, que la reconoce como la religión “de la Nación Dominicana”. El gobierno subsidia a las iglesias cristianas, que incluso tienen oficinas en el Palacio Nacional. Por ley debe estudiarse la Biblia en las escuelas y el 27 de septiembre el gobierno celebra el “Día de la Biblia”. Las iglesias cristianas desempeñan un papel influyente en la persistencia de las diatribas discriminatorias contra la herencia afrodominicana, así como de la legislación que las solidifica. Por ejemplo, el comunicado municipal de 2023 que anunció la prohibición del Gagá en Santa Cruz de El Seibo fue firmado no sólo por la gobernadora y el alcalde, sino también por representantes de iglesias evangélicas.
Neotrujillismo y represión cultural
El conflicto entre el entramado ideológico e institucional del régimen dominicano y las expresiones culturales de origen africano forma parte de una represión sistemática racista más amplia, que ha sido descrita como un régimen de apartheid por diversos autores luego de la desnacionalización de cientos de miles de dominicanos de ascendencia haitiana en 2013. Incluso intelectuales del actual gobierno, como el embajador dominicano ante México, Juan Bolívar Díaz, han hecho suya esa definición en el pasado.
Una amplia literatura académica reconoce al Gagá, al Vudú y a otras expresiones culturales de origen africano como parte de la riqueza cultural nacional dominicana, cuyos inicios se remontan a la primera colonia española con una población esclavizada de origen africano en el siglo XV. En su libro Identidad cultural y religiosidad popular (1999), el sociólogo Carlos Andújar registra que en la década de 1990 más del 40 por ciento de los hogares de los barrios populares y sectores rurales de República Dominicana tenían algún tipo de altar o elemento simbólico relacionado con el Vudú. Sobre la variante dominicana de esta religión han escrito June Rosenberg, Dagoberto Tejeda y Geo Ripley, entre muchos otros académicos. Lusitania Martínez ubica en 1862 el inicio de la represión contra el Vudú y la música y danza de origen africano, en el contexto de la efímera reanexión del país por parte de España. Más recientemente, en 1992 se prohibió el culto al Barón del Cementerio, que según Andújar constituía la manifestación más popular del Vudú dominicano. Ese mismo año se inauguró en Santo Domingo, con motivo de los 500 años de la conquista española, el Faro a Colón, un enorme edificio de concreto con forma de cruz, ilustrando que la españolización es un proceso inacabado.
En el marco de la actual campaña de deportaciones masivas se ha intensificado la persecución cultural. En abril de 2022, autoridades locales del gobernante Partido Revolucionario Moderno (PRM), prohibieron la celebración del Gagá en el casco urbano de San Pedro de Macorís, confinándola a los bateyes, comunidades marginadas, ligadas históricamente a la industria azucarera. San Pedro de Macorís, en la costa suroriental, tiene una larga historia de inmigración haitiana y del Caribe angloparlante, por lo que allí el Gagá y los Guloyas son tradiciones fuertes. En aquel momento, el Ministerio de Cultura criticó la prohibición del Gagá. Sin embargo, como señala la artista dominicana Alicia Méndez, en los últimos dos años el ministerio no ha dicho nada sobre los intentos de autoridades locales de prohibir el Gagá en Santa Cruz del Seibo y Boca Chica, y otras tradiciones afrodominicanas como las Cachúas de Cabral y la Pelea de Máscaras de Bánica.
María Cándido, dirigente social e integrante del Gagá de Los Jovillos en Yamasá, a unos 50 kilómetros al norte de la capital, relata que en 2022 su agrupación no obtuvo el permiso municipal para trasladarse a otras comunidades. En 2023 las autoridades nuevamente les negaron el permiso, esta vez alegando que “el Gagá no es cultura dominicana y al presidente no le gusta el Gagá”. En comunidades de El Seibo, San Pedro y San Luis se registraron prohibiciones similares. En marzo de 2024 sí recibieron el permiso. “[Las autoridades municipales] estaban en campaña electoral”, explica Cándido.
Dos meses más tarde, fue reelecto Abinader. Durante la campaña se comparó con Balaguer, repitiendo una y otra vez que “no hay solución dominicana al problema haitiano”. El gobierno que encabeza Abinader define a la inmigración haitiana como una carga económica y una amenaza a la soberanía y la seguridad nacional. Las deportaciones masivas, alrededor de 500 mil entre 2023 y 2024, se han intensificado luego de que Abinader anunciara el pasado octubre la meta de 10 mil deportaciones semanales.
La influencia africana está en todas partes
En su libro La Isla al revés (1983), Balaguer afirmó que “[la] influencia africana en nuestras manifestaciones culturales ha sido casi imperceptible”. Prescripción más que descripción, pues la realidad es muy distinta. El legado afrodominicano es evidente en todos los géneros musicales dominicanos populares, incluyendo el merengue, la bachata y el dembow, así como en la gastronomía y el lenguaje. La influencia africana es inocultable. En el caso del Gagá, se trata de una tradición fuertemente arraigada que ha influenciado a muchos músicos urbanos, jazzistas y de la fusión. Muchos de estos músicos se reunieron el 1 de abril de 2023 para apoyar al grupo de Gagá del batey La Ceja, en un concierto titulado Festigagá, en la zona colonial de Santo Domingo. Significativamente, el concierto se realizó a pesar de las amenazas de muerte de la organización neonazi Antigua Orden Dominicana, cuya relación con la Policía Nacional está bien documentada.
La hegemonía racista y la doctrina oficial siempre han encontrado una resistencia subterránea, en un país de amplia mayoría afrodescendiente. Así lo sintetiza María Cándido: “En la televisión se restringe el Gagá, y a nivel de las élites, pero al final todos los que somos de abajo, dominicanos o haitianos, todos se involucran con la música, nadie dice que por ser música africana no la van a bailar”.
Aunque no sea en televisión, los tambores seguirán cantando.
Simón Rodríguez es un periodista e investigador independiente en la República Dominicana.